Ando en Alto Cielo

Ando en Alto Cielo
foto Fesal Chain

29 sept. 2009

Risa de septiembre


El cerro
se cae al mar
el mar abre su gran boca
negra en su artilugio,
baila la danza el árbol
agrietado
de piel de roca vieja,
un viento caliente
enseñorea su capa
y su mugido,
volantín cortado
trampeando al aire,
volantín sobre los techos
de brea
enredado entre el cablerío
y el ulular atormentado
de la sirena de algún barco
o de la casa encendida
y llamarada,
volantín chupete
de la pobreza
que se muerde las manos
y el ojo tuerto,
y la risa de septiembre
no es ni risa ni primavera
ni pelota
ni cabro chico revoloteando
en ningún cerro,
la risa no es risa
la risa no es llanto
ni llamadas de amor
que desespera en la plaza de los perros,
la risa sólo es, sólo es,
la mueca habitual
detenida,
que siempre queda,
la risa
de septiembre
es un volantín clavado
en el agujero inmenso
del cielo fijo
de un país deshabitado
de su ser,
de un país
hinchado
atiborrado
de su nada.

La vida que pasa



Velocidad del rayo
velocidad de la luz
velocidad de los huesos en el aire
velocidad velocidad velocidad.

Entro en la bóveda azul
y estiro las palmas al sol.

Velocidad del rayo
velocidad de la luz
velocidad de los huesos en el aire.

Me levanto en la mañana
el agua fría
me corre por la espalda
el pecho erizado
y la muerte en una esquina.

Sigue la vida
por la tarde entre la carne
y el cuchillo
la mente en ventolera.

Velocidad del rayo
velocidad de la luz
velocidad de los huesos en el aire.

Y ahora la noche
la noche de anoche y la de hoy
de vuelta de la bóveda
azul ennegrecida
la estrella
me espera en una esquina.

El cuchillo
la carne
la mente en ventolera
velocidad del rayo
velocidad de la luz
velocidad de los huesos
en el aire.

Velocidad velocidad velocidad.

Cómplices


x Fesal Chain

Los muertos
el engaño
la tortura
la cárcel
la ignominia
la traición
la incoherencia
la trastienda
de la vida
el grito
la memoria
la mirada
el beso
la lengua
el cuerpo
desnudo
la fosa común
el alambre púa
el puchero
la matanza
la risa del torturador
el llanto
el grito
de la víctima
los balazos en la nuca
el orificio chamuscado
de la bala
vuelta loca
el frío
el campo de concentración
la mueca
el encierro
la mierda
la orina
el pau de arara
el submarino
la picana
la parrilla
el niño mirando
a la madre violada
el padre mirando a la madre
perdida en la inconsciencia
el sol
y las nubes de algunos
la falta de aire
la oscuridad de un pozo
de los mayoritarios
el dominio
el poder
y la gloria
no tienen ideología
no tienen ideología
no tienen ideología
quien diga lo contrario
es un victimario
o un cómplice
en todo lugar
en todo tiempo.

Por la Noche


X Fesal Chain

Por la noche
veo Oz por internet
la cárcel:
negros, judíos
latinos, musulmanes
italianos
putos y narcos
abriendo
"el pecho carcelario", (1)
dios no se presenta allí
ni aquí tampoco
en la otra cárcel
la cárcel del afuera
por esta noche
por ninguna noche
en ninguna parte,
alguien aúlla
esto de cambiar
la vida,
pero los viejos
corren
tras su imagen
tras su
egolatría de corbata
y risa
y en Oz
o en el manzano
o en colina
o en la quinta
o en cerro navia
o en san bernardo
o en valpo
o en san antonio
en chillan
villarrica
temuco
valdivia
las juntas
chiloe
puerto montt
bulnes
la granja
la bandera
la juan antonio ríos
en Chile
en Chile
en Chile
en Chile
dios no se presenta
por esta noche
por ninguna noche,
alguien aúlla
esto de cambiar
la vida
y la risa
se me hiela en la frente
la risa del que no presume,
cara a cara
a la fina mascarada,
cambiar
cambiar la vida
mientras los políticos del culo
toman su trago
de hiel
en el mismo festín
de la casa alfombrada
sin pueblo,
cambiar la vida
donde dios
ya no se levanta
donde dios
no se levanta
y el fuego hecho
de cuernos
limpia
la mentira
limpia la hermosa
lujuria
limpia
la fresca y gloriosa
pasión
del negociado,
mientras alguien aúlla
esto de cambiar
la vida,
encerrado en una pieza.


(1) Vamos los dos, de Chinoy

22 sept. 2009

Aniversario de la muerte del poeta


x Fesal Chain


Aquella mañana
23 de septiembre
en fila fría
y cubo de hormigón,
mientras se numeraban
los duros hombres
en voz alta,
el preso
recordó que era
el nuevo aniversario
de la muerte del poeta.

Cuando le llegó su turno
gritó 23 y pensó,
hoy saldré libre.

Esa noche
el hombre
fue llamado a gritos
por el gendarme,
que recogiera sus cosas
que ya no estaría más
allí,
que apurara el tranco
que enfilara
por aquella puerta de madera
hacia la vida,
que ya era suficiente.

Salió
a la calle de niebla
sin estrellas
después de 46 días
y el hombre
pensó nuevamente,
23
es la mitad
del total
de lo que fue
mi agonía.

20 sept. 2009

Conversación con Marcos Ana


Fesal Chain


Ahora resulta Marcos Ana
que soy un metafísico,
de ahistorico talante
demasiado crítico
querido amigo viejo.

Pero tú me dijiste ayer:
"Triste es luchar en una misma casa,
romper la mesa donde el pan se come,
vivir entre paredes, enfrentados
tercamente en un mismo territorio".

Es que esa es mi patria
a veces, de repente,
como España,
de conjurados necios
y ciegos pensadores,
viviendo en casa oscura
con mirada túnel
sin destellos.

Ahora resulta Marcos Ana
que soy un neoconservador
colmado de beatería
revolucionaria
lleno de triste moralina,
eso resulta que soy yo
querido amigo viejo.

Pero tu me dijiste hoy
en la penumbra:
"Soñar; siempre soñar,
con banderas y besos,
la libertad y el aire
soplando en mi cabello".

Y así
entre tu susurro
y la fácil descalificación
de los enanos,
me levanto temprano
a preparar el alimento,
negándome en virtud
querido Marcos Ana
a dejar mis alas en suspenso.

Entonces
te apareces de nuevo
por la pieza
llena de libros
y de humo,
me interpelas:
"Mi pecado es terrible;
quise llenar de estrellas
el corazón del hombre".

Y me reconozco
nuevamente,
que yo no quiero comer
del mismo plato
de los nuevos liberales
progresistas modernos
capellanes,
que yo no quiero.

Que yo no quiero
acompañarlos en sus viajes
y chocar mis codos
con sus codos
en la mesa mayor
del pragmatismo,
que yo no quiero.

Que otros
se llenen la boca de discursos
con un pueblo abstracto, inexistente,
porque yo, vuelvo mi cuerpo entero
Marcos Ana, mi amado amigo viejo
al pueblo real carne y nervadura.

A ese pueblo
tan real y tan concreto
que come en mi casa
la comida y el pan
que preparo con mis manos
cada día,
eso quiero
eso quiero
eso quiero
amado amigo, compañero.

14 sept. 2009

ODA A LA EMPANADA DE PINO




Fesal Chain

Tus bailarinas manos
amasan la harina, la manteca
junto al agua
y la blanca espuma de la leche
se mezclan entre tus dedos,
y yo junto a ti
pico la cebolla
la lleno de dulce arena blanca
la amortiguo,
la mezclo con la carne sureña y con el vino
espolvoreando la sal, el comino,
el ají de los hombres
y mujeres de la tierra,
y el horno en la sombreada pieza
llega a la graduación perfecta
y las bandejas
rebosan el sabor que viene,
entonces como una aparición
de antiguas y felices almas,
salen las pequeñas cuadraturas
calientes,
rodeadas de yema dorada
jugosas
de huevo, pasas y aceitunas,
hirviendo en la amarilla
leche cuajada,
para tu boca y la mía
para la boca del pueblo,
ávido de fiesta dominical
y de alimento.

10 sept. 2009

Vendrá la tarde



Vendrá la tarde,
en que la fiesta
recorrerá los valles
vendrá la tarde,

color de arcilla
y de sol en el ocaso
anaranjado tenue
en que la ronda será
eterna,

y en esa tarde
por las comunas
de Santiago
en La Florida
y en San Miguel
en Lo Prado
y La Pintana
en Cerro Navia
y Pudahuel
en Lampa
en San José de Maipo
y en El Bosque
en Conchalí
y por toda mi Quinta
campesina,

bailaran
los mutilados de ayer
los cuerpos
hecho jirones de ayer
saldrán de las aguas
y del desierto
cubiertos de liquen
y de cal
saldrán los niños
y las mujeres de los hornos
los ateridos
de todos los estadios
y de las casas secretas
del grito ahogado,

y bailarán 119
entre los barrios
y 1000
2000
3000
miles de miles
bailarán,

entre la gente comprando
frutas y verduras
en las ferias libres
bailarán
rodeados de perros y de gatos
saltando en la penumbra,

vendrá la tarde,
vendrá,
en que la fiesta
recorrerá los valles
vendrá la tarde,

color de arcilla
y de sol en el ocaso
en que la ronda será
eterna,

vendrá la tarde
inacabada
cuando el sol ardiendo
sonría
sobre la muchedumbre
en calma

vendrá la tarde
vendrá,
y caerá suave
tenue
sobre
la igualitaria patria
sobre los hijos del mañana








NUESTRO 11 DE SEPTIEMBRE DE 1973, NUESTRO DOLOR


Fesal Chain

A todos quienes dieron su vida contra la dictadura, que no conocí personalmente y que conocí, a los torturados de mi patria,a los detenidos en los campos de concentración, en las casas secretas de tortura, a nuestros detenidos desaparecidos, a los ejecutados políticos, a sus familiares, a los amigos y amigas que murieron por nuestros ideales, aquellos que hicieron de sus vidas una permanente lucha diaria, en sus lugares de trabajo y en la clandestinidad, a los que estuvieron exiliados y que aún están afuera, a todas y todos los hermanos y hermanas que fueron los patriotas y cristos de ese siglo que pasó y que en su ejemplo concreto en la lucha por la libertad de Chile, nos ofrecieron su existencia para que nosotros pudiéramos vivir mejor y más libres. Con amor.

A lo mejor se ha escrito poco o mucho del golpe de estado de 1973, no lo sé realmente. A veces, pienso que no se han contado de manera aún más explícita y sistemática, los detalles del golpe y de la dictadura y con esto me refiero al detalle de los actos terroristas e insidias de los golpistas, durante los tres años de la Unidad Popular. O los planes para acometer los distintos tipos de asesinatos selectivos y en masa y las torturas o apremios, o como fueron organizados los días y noches de los campos de concentración, por ejemplo.

Pero a veces, creo que más allá de lo real, de lo que toda un país debe saber, puesto que no hay nada más necesario en la vida de un país que conocer su historia, hay un problema de enfoque. De cómo poner la cámara de fotos, desde que ángulo mirar y decir. Y esto lo digo a propósito de la discusión que surgió en el equipo de trabajo de un Boletín Popular en Cerro Navia el año pasado, cuando se propuso escribir sobre este tema. Surgieron miedos, enojos o francamente algunos ni siquiera querían que se escribiera sobre el 11 de septiembre de 1973. Se planteó que era algo que dividía mucho a los chilenos, que siempre se dice lo mismo, que a los comunistas se les identifica con un discurso sobre el golpe ya muy manido, muy usado.

Así que, cuando puse manos a la obra, cuando comencé a escribir esto, no sabía como, para no caer justamente en datos muy técnicos, en frases de propaganda o en lugares comunes, tales como el imperialismo o la instauración del capitalismo financiero. O tomarlo de una manera muy superficial, casi maquillándolo. Que la división de los chilenos y el conflicto, etc., etc., como parece salir en los manuales de historia para estudiantes.

Podría decirse que el golpe, como cualquier golpe, por ejemplo un puñete en la cara, o una patada en las costillas, es muy difícil de explicar, de analizar, de darle un sentido. Había un poema en dictadura, que ya no sé de quién es, que volaba de boca en boca, clandestino: Un niño le pregunta a su madre, qué es un golpe y ella le dice: es algo que te deja moreteado, y el niño mira por la ventana y ve todo el país morado.

¿Cómo le explicas a un niño, a un joven, a cualquiera que ni siquiera había nacido, lo que significó el golpe de estado de 1973? Si te pones a dar las causas, la persona se aburre, repleta de datos, si haces un listado de hechos, la persona se llena de sucesos, si te pones a enumerar muertos, la persona se llena de cadáveres que no conoció, si le muestras la cantidad de torturados, la persona sólo ve listas o números, mil y tantos, cien, 10, pero no siente en su propia piel esos tormentos. Es un problema de enfoque, es decir de cómo le comunicamos a muchos y muchas chilenas, el dolor humano.

Un golpe es un hecho chocante, algo que te corta de repente tu caminata hacia alguna parte, pero no como te la cortaría un perro que se te cruza y entonces debes parar, no, es un quiebre. Por ejemplo, vas de la mano con tu hijo a comprar el pan y se te escapa y cruza corriendo la calle y pasa una camioneta y lo atropella, te lo atropella, queda tú hijo en la calle, con una flor roja en la boca, con un hilo de sangre que baja por su comisura, y su pequeño cuerpo tirita, como si tuviera un frío indescriptible. Ese es un golpe, un golpe a tu hijo y un golpe a tu corazón, una pena, un horror de mil demonios, que te hace recordar a tu hijo, en esos breves segundos de la agonía, cuando ayer corría libre por el patio de la casa o en el pasaje y al mismo tiempo, te hace actuar rápido, llamar a la ambulancia, llevarlo a la posta, llamar a tu marido, a tu mujer, de la posta ir a la casa a buscar ropa, volver, esperar en una sala verde, lo que hagan los médicos, y tienes miedo y te culpas también porque tu hijo se te escapó de las manos y tienes pena, porque se puede morir y entonces ¿qué vas a hacer, dime, qué vas a hacer sin tu hijo?

Bueno, el golpe de estado de 1973 fue eso y mucho más para millones de chilenos. Despertarse un día temprano en la mañana y ver por la ventana un país húmedo y así sin aviso, mirar ya no al vecino saliendo a trabajar, sino llevado por militares o carabineros, amarrado con alambre, con la cara tapada y no entrar a la micro rumbo al trabajo, sino ser tirado como un animal a un camión militar o a un camión cualquiera, lleno de vecinos arrumbados. Fue, en una tarde cualquiera, ver el río Mapocho o en el sur el Toltén, a los muertos flotando camino al mar, fue para tantos ir en el camión, o ser fusilados en la orilla del mismo río o en el pasaje donde jugaban tus niños. O ser llevados a lugares oscuros donde lo único que escuchaban eran gritos de sus propios hijos o de su mujer.

Fue para Francisco mi amigo, estar jugando en la calle y ver un auto gris con hombres de lentes oscuros, llevarse al papá y a la mamá y verlos gritar sus nombres y ver correr a la abuela tratando de arrebatárselos, fue para Pancho esconderse asustado, bajo las faldas de su abuela. Fue para Panchito, no saber donde buscar para encontrar al papá y a la mamá cuando tenía frío o miedo o hambre o simplemente cuando quería hacer las tareas. Fue para mi amigo Roberto ver como ametrallaban al vecino en la calle, al mismo vecino con quien jugaba a elevar volantines en Septiembre. Fue para el hijo del gitano ver a su papá ser llevado por un helicóptero más allá de las nubes negras de ese maldito septiembre. Fue para Alejandra, no saber donde estaban todos sus hijos, se los llevaron en la noche los carabineros y los encontró 5 años después en un horno de cal, colgando de los pies, amarrados con alambres de púa y con sus caras desfiguradas. Fue para mi amigo Alberto, entrar a la morgue a buscar a su hermano y ver rumas y rumas de cadáveres en los pasillos interiores y tener que taparse la boca y la nariz con un pañuelo, para no respirar la fetidez de los cuerpos descompuestos. Fue para Fernando o Gonzalo estar en un cubo de madera de 2x2 durante semanas, en cuclillas y ser tratados como perros con sarna, durmiendo entre sus excrementos. Fue para Maite ser violada por el torturador, luego por perros amaestrados y luego llenada de ratones su vagina. Fue para Claudio que le cercenaran el pene, de a poco, o para Jesús, que le quebraran las manos y le volaran los dientes. Fue para un actor chileno que estaba en un campo de concentración, que lo fuera a visitar su madre y que ella desapareciera en el interior y nunca más encontrarla. Fue para Gabriela, ver a su padre envuelto en una bandera chilena, ser tirado al otro lado de una embajada y volverlo a encontrar en el exilio 15 años después.

El golpe fue eso, fue la crueldad, fue el horror, fue el miedo, fue el espasmo, fue lo monstruoso, fue lo que nunca creímos que pasaría en nuestro Chilito, sólo lo habíamos visto en las películas de los Nazis y los judíos. O leído en el diario de Ana Frank. Eso fue el golpe. Y con él, la muerte de la historia de un país, que siempre tuvo violencia, pero nunca había experimentado los niveles tremendos de persecución y odio como en ese día y los 17 años que le siguieron. Fue perder a nuestros amigos, a nuestros hermanos, a nuestros hijos, a nuestros padres y madres, fue ya no verlos más, y ni siquiera poderlos enterrar y venerar en un cementerio. Fue ver al Presidente de Chile hecho pedazos, desfigurado por las metrallas, fue ver a los amigos y hermanos con las manos en la nuca en fila, tirados en la calle, a punto de ser aplastados por un tanque, fueron las marchas militares y los bandos y la voz gangosa y marcial de los chacales, gritando extirpar el cáncer marxista, mientras se quemaba La Moneda y la bandera chilena en sus techos.

Fue ver en grandes piras los libros y las revistas que leímos en nuestra niñez y juventud, y esconder los discos de Víctor Jara o los Quilapayun y enterrarlos en el patio, fue dejar de hablar y decir lo que pensábamos, fue andar con cuidado para que, si sobrevivíamos, no delatar nuestra posición no solo política, sino de resistencia interior, a la masacre de los derrotados como nosotros y al delirio de los triunfadores, como ellos.

Si, es cierto, el golpe nos divide, y que bueno que nos divide, porque hechos como ese, porque situaciones de la maldad más grande jamás vista en el Chile del siglo pasado y de toda su historia, no puede unirnos nunca. Hubo víctimas y victimarios, hubo perseguidores y perseguidos, hubo asesinos y asesinados, hubo torturadores y torturados, violadores y violadas, amarradores y amarrados, vendados y quienes nos taparon los ojos, hubo quienes celebraban con champaña la defensa de sus privilegios defendidos por mano ajena, por mano militar, y otros que lloraban escondidos y con miedo la muerte de familiares y amigos.

Hubo niños, jóvenes y viejos, mujeres y hombres conscientes, que siempre supieron lo que pasaba y otros que andan diciendo aún hoy, que jamás se habrían imaginado estas cosas, son los que se hacen los tontos siempre, los que no se comprometen nunca con nada. El golpe nos dividió en ese entonces y nos dividirá siempre, entre quienes creemos en la vida y nos jugamos por ella y vemos la realidad desnuda y entre los asesinos de la vida y sus aliados silenciosos, que se auto engañan siempre, para no asumir sus actos.

Todo lo demás, como dice un amigo, no es más que bailar cueca en enero, es decir, jugarretas del lenguaje para justificar lo injustificable, para tratar de aminorar el tremendo holocausto y genocidio que vivió nuestra patria y nuestros hermanos y hermanas perseguidas, y que nunca debe volver a suceder, nunca más.

La iglesia católica, que defendió al caído en el Chile de ese entonces dice en su doctrina que en cada pobre esta Cristo. Bueno, en cada hermana y hermano asesinado, detenido y desaparecido, torturado, exiliado y preso en las cárceles de la dictadura y en los campos de concentración, en cada casa secreta de tortura, estaba el Cristo vivo, camino a la cruz, y estaba cada judío de las películas, documentales y fotos que vemos hoy y estaba cada palestino masacrado en la Gaza de hoy. No es necesario rasgar vestiduras por los muertos y escarnecidos de otro tiempo y lugar, miremos a nuestro Chile, y lo que pasó y de una vez por todas seamos bien hombrecitos y mujercitas para vivir y educar. El 11 de Septiembre debería ser siempre una fecha en que cada chileno y chilena hiciera, más que una reflexión, actos concretos de reparación de lo vivido.

Yo, por lo menos no olvido y me resulta muy difícil perdonar a quienes nunca han pedido perdón, nunca han llorado sus actos y que se llenan la boca con razones para esconder sus acciones, porque tampoco, que yo sepa, han asumido que hicieron lo que hicieron y muy lejos están de reparar nada.

Mientras caminen por las calles de Chile los asesinos, los torturadores y todos y todas quienes dicen que nunca supieron lo que pasó, o que quieren dejarlo atrás como si no hubiera sucedido o que apoyaron la masacre, yo por la ventana de mí casa, aún veo la calle, el barrio y mi patria querida de siempre, clavada en la cruz y moreteada.

Artículo escrito para el Boletín Cerro Navia Somos todos,
de la comuna de Cerro Navia, Santiago de Chile, septiembre del 2008.



5 sept. 2009

La Esquizofrenia de mi Generación


x Fesal Chain

Vera Schiller , psicóloga judía, tan importante en Ecuador como lo fue Lola Hoffmann en Chile, define la esquizofrenia, entre una de sus tantas explicaciones, como un esquisma, donde la totalidad del ser está dividida, el todo no está conectado con el fluir. Por otra parte afirma que, lo que supera el esquisma es lo tercero, el hijo, el retoño precisamente lo inefable que nace de la fe.

Cuando tenía doce años, comencé a leer Hojas de Hierba de Walt Whitman: "Yo me celebro y yo me canto, y todo cuanto es mío también es tuyo, porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca".

Lo paradójico de esta lectura que hacía en el ante jardín de mi casa, que no tenía rejas sino una pequeña y larga muralla de ladrillos de unos 50 cms. de alto, es que la realizaba frente la casa de Miguel Krassnoff Marchenko, sí, el mismo, el torturador, el que mató a Miguel Enríquez, aquel que se ensañó con fría racionialidad en Villa Grimaldi con nuestros hermanos y hermanas.

También me acuerdo cuando yo tenía apenas unos 9 años que salí a correr en bicicleta y me caí fuerte, me hice una típica peladura en las rodillas y de repente sentí unas manos extrañas y grandes alzándome del suelo, era el vecino, era Krassnoff, quien trataba de ayudarme. Yo sentí temor, de verdad, un escalofrío, una distancia, que nacía de lo más íntimo de mi ser. Tomé mi bicicleta y salí rápido de sus manos. Mi madre que estaba en el pasaje me recibió con una sonrisa forzada.

No es fácil para mi hablar de esto. No soy culpable de nada, evidentemente. A veces cuando era adolescente culpé a mis padres de haber vivido en ese lugar, a los mismos a los que les hago un homenaje en "La izquierda que queremos hacer", por sus valores y enseñanzas. Por una cuestión inexplicable, al menos en el campo de lo racional, terminamos después de nuestra huida del sur, viviendo en un Villa Militar, en donde, Krassnoff fue nuestro primer vecino tristemente ilustre.

"Indolente y ocioso convido a mi alma, me dejo estar y miro un tallo de hierba de verano". Así escribía mi padre, en Hojas de Hierba, mi padre en la poesía amada. Yo miraba el pasto cuando leía. A veces miraba hacia el frente, la casa de Krassnoff era oscura, tenía humedad en sus paredes exteriores.

Al lado de él vivía una pareja, más vieja, con un hijo universitario, de pelo largo. Eran para el resto de los vecinos, me refiero a los niños con los que yo jugaba a la pelota, extraños. Claro, su casa no estaba arreglada ni hermoseada con piedras laja. Era una especie de selva, de enredaderas y flores enmarañadas. Ellos si bien no habían sido víctimas directas de la tortura, eran disidentes, exonerados. Se habían quedado allí por orgullo, no iban a dejar su casa, aunque al padre lo hubieran echado del Ejército y los vecinos lo apartaran como si fuera un leproso. El hijo salía temprano por las mañanas como escondido, y no se juntaba con nadie, jamás lo hizo.

La casa donde yo vivía, era arrendada a un oficial que se había ido al exilio, un auto exilio claro está, un día por intermedio de una amiga de mis padres, ellos supieron que este hombre arrendaba su casa muy barata, y que se iba a Venezuela junto a su mujer e hijas. Así llegamos allí.

En ese barrio, que lo había construido Salvador Allende para la oficialidad joven, pasé parte de mi infancia y mi adolescencia. En el pueblito de Los Dominicos, que era en ese entonces el espacio de artesanos pobres y de personajes marginales, conocí a Pedro Mardones, hoy Pedro Lemebel. Con él conversábamos tardes enteras, sobre literatura, poesía y en la plaza, leí sus primeros textos impresos. También hablábamos de lo que sucedía en Chile, sobre nuestros pesares y amores. Nos hicimos amigos y más de alguna vez, o al menos una vez, fue a almorzar a mi casa, en la Villa Militar, imagínense un joven un tanto jipi, entrando al pasaje marcial con un hombre como él, que por ese entonces era menos llamativo en su vestir y gestos, pero seguía siendo Lemebel, sólo que con 30 años menos.

En esa Villa militar, conocí a muchos hijos de torturadores o de jefes operativos de la Dina, de la CNI y SIM. A los Schmied, a los Derpich, a los Morales, a las hijas de Krassnoff. También conocí, al otro lado de la plaza, a los militares que pertenecían a la Escuela Politécnica, hombres más preparados y que por ningún motivo se juntaban con los Ceneí. Los llamaban locos, enfermos, nunca asesinos, pero si los adjetivaban muy mal. Me acuerdo mucho del hijo de Manuel Concha quien fuera Ministro de Economía de la dictadura, era un joven extremadamente inteligente y sagaz y que tenía un primo Sociólogo con el que discutíamos ambos, ya más sueltos de cuerpo, en las postrimerías de la dictadura.

Abajo de la plaza vivían las familias de la FACH. En 1978 cuando Leigh fue defenestrado, todos los niños que yo conocí se fueron. Ellos y ellas eran lo más parecido a la normalidad, a la cultura democrática del barrio, si así se puede decir. Las mayores, unos 5 años o quizás diez más que yo, se acordaban de Angela Jeria, de su hija Michelle y del General Bachelet y los nombraban en silencio. Raramente, Michelle Bachelet era una especie de fantasma que, sin ánimo de idealizarla, ciertamente inundaba las conversaciones secretas, por las calles y veredas.

Les parecerá extraño que yo sienta cierto orgullo de haber vivido en aquel lugar. No crean que no lo pasé muy mal, me fue tremendamente difícil y se que a mis padres también. El mandato en la casa era nunca decir lo que pensábamos, así aprendí desde los 8 años, el rigor de la clandestinidad. Nunca en los 8 años que estuve allí dije nada, nada que delatara mi manera de pensar o la de mi familia.Probablemente una vez algo dije y de cierta manera pasó como el viento.

Pero a la vez conocí la tremenda variedad humana, conocí a los militares de mi país, a sus familias, a los torturadores y a los que no lo eran y que sólo eran militares profesionales,y también conocí a los disidentes de la familia militar en sus distintos grados, día a día, en sus emociones y alegrías, en sus miserias y cotidianidades. Conocí a la izquierda más valiente en ese barrio, la misma que después atentara heroicamente contra Pinochet, conocí a los escoltas antes que murieran, porque eran los mismos que "cuidaban" al General Valenzuela, Subsecretario general de Presidencia bajo la dictadura y que era el vecino a la mano derecha de Krassnoff, el mismo que lloraba como Magdalena cuando triunfó el NO.

Y a mi casa entraron y salieron algunas personas que justamente gracias a que vivíamos allí, salvaron sus vidas, se escondieron en la boca del lobo y gracias al dios de los perseguidos y humillados, hoy son mujeres y hombres que siguen luchando y defendiendo las injusticias y creando obras de bien. Ellas ni siquiera saben quienes eramos lo de esa extraña casa de luz, flotando en medio del infierno y la muerte de los suyos, de los nuestros.

Quizás por todo esto y lo digo con sinceridad y sin ningún ápice de soberbia, es que al igual que mi padre poético, Whitman, al que leí junto a Pablo Neruda, en los 8 años de la Villa militar, es que a veces me considero que "...soy el poeta del cuerpo y soy el poeta del alma, (que) los goces del cielo están conmigo y los tormentos del infierno están conmigo (que) los primeros los injerto y los multiplico en mi ser (y que ) los últimos los traduzco a un nuevo idioma".

Bastante antes del triunfo del NO, nos fuimos de aquel barrio, del que tengo malos y buenos recuerdos, como los tengo de mi país. Nunca dejamos ninguno de la familia, de ser de izquierda (y no es una defensa) sino todo lo contrario, creo que potenciamos dicha postura, dicha fe y modo de vida al conocer la pobreza y la tristeza de aquellos que fustigaron a la patria, durante décadas.

También aprendí en ese periplo por el cielo y el infierno, que la vida esta llena de paradojas y grados entre el blanco y el negro y que los que nos dominaron a sangre y fuego y con crueldad, no eran más que seres humanos, algunos imperdonables por los siglos de los siglos, otros solo tristes esbirros, otros como cualquier chileno, indiferentes al dolor y cómplices en su profesionalismo, apegados al "trabajo". Y entre ellos, algunos, los minoritarios como yo y mi familia, disidentes y opositores a la barbarie, presos de conciencia, como ese vecino triste, con sus dos padres encerrados en la casa de las enredaderas y las flores, militares de honor en la tristeza del exilio interior.

El esquisma que yo viví en los años más importantes de la formación de un ser humano, donde la totalidad del mi ser estuvo dividida, donde el todo humanista, no estuvo conectado con el fluir de la vida, lo superé con el nacimiento del retoño de mi poesía, que me permitió unificar el cielo y el infierno como parte de la vida misma como un todo y gracias a mi fe en que ganaríamos, en que la oscuridad y la maldad retrocederían y sucumbirían, en que los hombres y mujeres de buena voluntad, los mayoritarios, amantes de la justicia, de la igualdad y del amor, triunfaríamos sobre el horror. En gran medida así fue.

3 sept. 2009

Una carta


"Y si hoy estamos aquí es porque somos vencedores

y porque no descansaremos
hasta que el ejemplo de los nuestros
se convierta en una sociedad justa,
con hombres plenos construyendo un verdadero paraíso".
Jecar Neghme.



Jecar, con quien en mi juventud compartiera algunas mínimas tareas en la lucha contra la dictadura, no fue mi amigo, como lo dije hace algún tiempo en una crónica en las "Historias que podemos contar", fue un compañero,fue nuestro carismático hombre público, fue una pérdida irreparable para nosotros, fue un golpe acaso mortal para ese MIR que renacía de las cenizas y se ponía crecientemente, de a poco, a la cabeza de las luchas democráticas y populares.

Jecar, esa noche cuando me avisaron de tu muerte, sentí un escalofrío recorriéndome el espinazo, un dolor punzante en la garganta y cada vez que leo la Elegía a Ramon Sijé, de Miguel Hernández, me apeno, me escondrijo en la parra de mi patio y te veo sarcástico en las asambleas de La Placa, conversando en el viejo café, allí por Huérfanos o leyendo tu tremendo discurso en el Cariola y quisiera también "...minar la tierra hasta encontrarte/y besarte la noble calavera/y desamordazarte y regresarte".

Y déjame decirte, que lloro, como cabro chico, cuando escucho Pájaros de Arcilla, de Congreso, la canción que al saber de tu asesinato, puse esa madrugada del 4 de septiembre, por inercia, "y allá en las altas copas florecidas, vuelvo a escuchar tu canto, hermano mío...". Hoy la he puesto nuevamente,la estoy escuchando y ese maldito día, me revisita con su manto negro.Pero también al ver los almendros en flor por mi ventana, tu presencia se me viene, riendo, en las páginas de Apsi, junto a las fotos del Pato Lucas, que tanto te gustaba.

La mañana de tu funeral, marchamos más de 15.000 por las calles de Santiago. Desde el golpe de Estado, nunca se había visto tanto MIR reunido y tanta bandera rojinegra enarbolada y nosotros jóvenes aún, con un cartel que nos complicaba la marcha y nuestro afiche con tu nombre. En la tumba en que te dejamos todos, todos, se escuchó un temblor y una rabia sorda, cuando tu cuerpo entró al nicho frío y solitario.

Pasaron muchos años, para que las generaciones más jóvenes te recordarán y te mantuvieran vivo, que bueno turco, que bueno que así sea. El poema que te escríbí hace algún tiempo,CRÓNICA POÉTICA DOS DE LA ERA ROBÓTICA (O Jecar peleándole a los equilibrios), tiene un dejo de amargura, cuando lo escribí, habían sacado el pequeño monolito, si así se puede nombrar, que los viejos compañeros habían puesto cerca de calle Bulnes. Hoy acaso no requieres monolitos, a pesar que pueda sonar un tanto trillado y usado, no los necesitas realmente, porque turco querido, desde esa noche en que acribillado por los perros, quedaste tumbado mirando las estrellas, tú, Jecar,paisano y compañero, vives en el corazón del pueblo.


***


Acaso un café, un cigarro
Unos muslos blancos
Que revolotean en esta cama de madera
En la casa de madera en el siglo de madera
Y escuchando canciones ya sin asaltos
Sin marchas de hambre
En ninguna Perra plaza
Bulnes calle pequeña
No el Paseo militar
No detrás de ninguna llama
Un monolito en el frente de la pequeña calle
Un monolito para tropezar la historia
Un monolito que sacaron los de la basura
Qué combate no diste,
Qué computador soñado quedó sin retirar
De la casa comercial
Que sonrisa dejaste en el café,
En el cigarro
En esos muslos blancos
Revoloteando en la cama vieja de madera
Y como en la crónica robótica,
"Hoy la pregunta, luego el viento,
La hace un gesto
La hace un rol",
Qué es eso niños, qué es
Acaso toda respuesta
No es más que una relación
No tú hombrecito, ni mujercita sola
Peleándole a los equilibrios,
No una pequeña historia de familia
No una historia de tu sexualidad
Desperdigada y violenta
La pregunta la hace un rol,
Un rol,
Una relación
Social es Social y es Social
Por un fuego de ellos a tiempo
Un sol negro para los muchachos
Y mujeres orgásmicas de ayer.


2 sept. 2009

Mar abierto



Fesal Chain


Cuando Juan se levantó, el sueño lo perseguía por la casa y le decía vaga Juan, vaga, Juan, vaga...El sueño, que ahora lo acompañaba a esa cocina fría, donde el agua esperaba al fuego ensordecedor.

La ventana, el ojo de buey, lleno de escaras y niebla pegada, le mostraba el mar abierto y la lluvia que caía sobre el oleaje revuelto y verde. Juan miraba a través del ojo, ese mar violento. En la mesa del comedor, en la única mesa de la casa, el libro lo esperaba como ayer, como antes, como siempre. "El coronel no tiene quien le escriba". Lo había leído muchas veces, infinitamente y a pesar de la repetición continua, siempre encontraba en él alguna frase, alguna reflexión, una imagen que no había visto nunca. Era el único libro que le había quedado después de la miseria y aquel vino barato que chorreaba las paredes de la pieza hecha carbón.

-"La ilusión no se come -dijo ella.
- No se come, pero alimenta -replicó el coronel". (1)

Era cierto pensó Juan, no se come pero alimenta. Puso el disco de siempre en el toca discos regalo de su padre. Un IRT, de los años 60, era una maletita con dos parlantes a los costados. Tomó el disco, lo limpió con su polera de algodón, por ambos lados y lo puso con ambas manos en sus bordes, en la goma giratoria. Con la delicadeza de siempre, tomó también el brazo del pick-up y de manera manual colocó la aguja sobre el primer surco. Chisporroteó. Chrrrttt, chrrtt, chrrtt...:

-"Recuerdo el muelle opaco, mi pecho como fragua, una nave inflexible flotando en el hechizo, de las luces que giran sobre el fulgor del agua amarga y tierna..." (2)

Juan no despertaba totalmente, soñoliento y con sabor a metal en la boca, escuchaba la canción de Manns, como un eco lejano y un lamento de ánimas. El té con canela y naranjas entraba al estómago como una suave miel y el primer cigarro del día picante y seco, lo hacía toser hasta que sus ojos se humedecían. La casa elevada sobre un cerro de tierra gredosa se alzaba sin ninguna majestuosidad, sólo estaba, como tirada ahí, como abandonada por una mano gigante y temblorosa.

María apareció como a eso de las doce, desgreñada y con la misma ropa del día anterior, sin fotografías que la hubieran visitado, sin voces ni mensajes.

-Hasta cuando vas a estar mirando el mar y escuchando el mismo disco, Juan.
-No sé mujer, no sé.
-Y ese libro, está quebradizo tantos años cerca del mar, si paso la lengua sobre sus hojas, seguro que está salado, como las rocas o los huiros.
-Ni te atrevas.

María pasó su mano sobre el pelo de Juan, como quien le hace cariño a un perro o como quien desea enmarañar y enredar y enmarañar y tirar y crispar las manos sobre algo. Juan la miró aletargado, el brazo del pick up jugueteaba en el último lugar del disco, en ese lugar sin surco, sin música, sin palabras.

-Tú crees que volverá, María?
- Los muertos no vuelven Juan. Los muertos mueren y se quedan en alguna parte que no nos pertenece, a la cual no podemos entrar.
-Pero aquella tarde dijo que volvería, me lo dijo al oído y no fue un susurro, más parecía un grito sordo.
- Y tu le creíste? Sólo lo hizo para atemperar tu pena, para remediar el anhelo. Lo hizo para darte ilusiones. Y, Juan, la ilusión no es la vida, dijo ella.
-Sí, no es la vida, pero la alimenta.

Bajaron a la caleta, por una quebrada estrecha y sin escalas, como un tubo al mar. Los botes estaban ordenados con sus colores sin color, las redes ordenadas sin pescados, los hombres dormían la tarde, arrugados al sol que aún alumbraba. Juan sacó nuevamente un cigarro y pateó una estrella seca. María sorbía un vino en caja y sus ojos le brillaban vidriosos y amarillos.

-"Todo el mundo dice que la muerte es una mujer, siguió diciendo la mujer. (...) Pero a mí no me parece que sea una mujer, dijo. Cerró el armario y se volvió a consultar la mirada del coronel:
-Yo creo que es un animal con pezuñas.
-Es posible -admitió el coronel "-. (3)

-Pero puede venir como algo distinto, no como cuerpo y mente, digo, puede venir como viento caliente, como luz y chispazo, como destello, como...
-Un fantasma, la interrumpió ella.
-No, no, no, no como fantasma de película María. Como una presencia que sólo nosotros reconoceríamos y pudiéramos sentir, que nadie más pudiera ver.
-Un fantasma privado dices tú.
-Algo así. Juan pensó que María no entendía, que era demasiado terrena.

Se sentaron en la arena como turistas de invierno. Mirando el mar, pero no lo veían, los ojos de ambos se posaban sobre todo aquello que no era agua. Una gaviota que volaba, un bote surcando el plano que se formaba al fondo, los huiros que azotaban la roca negra y fría.

Juan recordaba a la mujer llorando o alegre caminando por el pueblo. La noche en que se despidió con su promesa surcando el aire, la ventana de la casa se abrió con el viento y la lluvia de septiembre y ya tarde, cuando la amortajada escondía los gestos cotidianos, María golpeó la puerta y las sábanas de su cama, enrollándose entre sus piernas, cobijándose en su pecho seco, rodeando su cabeza con sueños nebulosos. Desde ese día se acompañaban, conversaban sobre lo probable y lo improbable, sobre esto y aquello. Juan nunca supo por qué María estaba con él, un hombre triste y acabado. Nunca la había visto antes, o quizás alguna vez, en las tiendas de artesanías, o en el paradero de los buses, no lo recordaba bien.

A la mañana siguiente, cuando Juan se levantó, el sueño lo perseguía por la casa y le decía vaga Juan, vaga, Juan, vaga...Ahora lo acompañaba a esa cocina fría donde el agua esperaba al fuego ensordecedor. Pensó en la frase de María: Los muertos no vuelven Juan. Los muertos mueren y se quedan en alguna parte que no nos pertenece, a la cual no podemos entrar así como estamos, vivitos y coleando.

Esta vez, no respeto el ritual diario, se lavó la cara y partió al centro. Directo al registro civil. Entró y pidió un certificado de nacimiento, el de María.

-Pero este no puede ser, señorita, no corresponde, aquí dice que nació hace 45 años, pero...
-Este es el certificado que usted pidió.
-Claro, pero no es posible, yo estuve ayer con ella, nos sentamos a la orilla de la playa, tomamos vino, miramos el mar y aquí dice...
-Está usted seguro que fue ayer o hace más tiempo o nunca fue?
-Por favor, como que me llamo Juan y vivo en esa casa, la del cerro gredoso, la ve?
-Está bien señor, pero ahora me tendrá que disculpar, no es mi trabajo el que usted me pide.
-Cómo que no es su trabajo...?

Juan salió perplejo del registro, buscó nuevamente el papel en sus bolsillos y ya no estaba. Ah, lo habría dejado en el mesón, pero las puertas ya estaban cerradas con un gran candado,no había visto salir a la hosca funcionaria. Mañana, pensó, volveré mañana temprano, recuperaré el certificado y le diré unas cuantas verdades, pensó.

Al subir por el camino de la ladera, vio su casa derruida, ennegrecida y las paredes de la pieza principal hechas carbón. Su casa, su casa, lo único que le quedaba, no era más que una humareda. Al volver la mirada hacia el pueblo sólo una neblina opaca lo cubría todo. Corrió al cerrito y al llegar, no quedaba nada, más que unos trozos de papel húmedos enterrados, la leña vieja y entre el barrial y las pozas, unos discos mezclados con botellas y el libro, aquel libro. Lo había perdido todo, en una sola mañana, en un solo momento, eso le había pasado por salir desesperado, por no quedarse mirando por la ventana el revuelto mar.

Dio vuelta la cara y María se encontraba a su lado.

-Y tu que haces aquí, viste, viste lo que ha pasado?
-Lo vi hace mucho tiempo Juan, hace mucho.
-Cómo, no entiendo María...
-Como lo ves ahora, como lo viste ayer Juan, y como lo has visto durante tantos y tantos años, recuerda, Juan, recuerda...

Entonces María tomó su mano, con algo de cariño, con algo de compasión y lo invitó a entrar, cruzaron entonces las dos columnas y el dintel de la casa, se sentaron junto a la única mesa y los dos miraron por la ventana, por el ojo de buey, el mar y la lluvia que caía sobre el oleaje revuelto y verde. En la mesa del comedor, en la única mesa de la casa, el libro los llamaba como ayer, como antes, como siempre. "El coronel no tiene quien le escriba". Lo habían leído muchas veces, infinitamente y a pesar de la repetición continua, siempre encontraban en él alguna frase, alguna reflexión , una imagen que no habían visto nunca.

El alboroto, lo había dejado abierto en esas páginas en que el viejo hombre conversa con la mujer:

-"Yo creo que es un animal con pezuñas.
-Es posible -admitió el coronel"-.(4)

Y entonces, Juan observó a María con detención, como no lo había hecho nunca y allí clavada sobre el suelo de madera, inmóvil como un mascarón de proa sin barco, estaba ella, envuelta en una tela de algodón crudo. Juan le vio por primera vez, bajo esa sábana de pobres, sus brillantes y bellas pezuñas, idénticas a las que ahora descubría en él, las mismas pezuñas hendidas ambos, que les permitían bajar sin tropiezos por la quebrada, cada tarde hacia el mar abierto.



(1) "El coronel no tiene quien le escriba", Gabriel García Márquez.
(2) " Adiós", Patricio Manns.
(3) Ibid 1.
(4) Ibid 1.

La voz del que clama en el desierto


Fesal Chain

¿Qué rifle
qué cualquier cosa
apuntando
o hiriendo
qué rifle?

O amores flotando
rabietas
rabiosas
del recuerdo
maltrecho
deambulando
en el páramo
en el páramo
en el páramo
hijos e hijas
de la sexualidad
martirizada
hijos e hijas
del ser que escapa.

¿Y qué lucha
de qué clases
de qué pueblo
de qué hambriento
berreando?

Hijos del olvido
escuchen
vean, mírenme

que mas dá
acabo de
llegar,
estaba encerrado
en la pieza oscura
de Lihn,
pero ahora soy
el que respira sin penumbras,
el que mueve su mano
en espiral
"ahora miro como yo" (1)
el de la piel dura
y amarilla,
el de la espalda erguida
en línea con su nuca
el de los ojos del islam
y el pelo ensortijado.

¿Qué rifle
qué cualquier cosa
apuntando
o hiriendo, qué rifle?,
sino
nuestra infancia
adolorida
entre algodones
y arpilleras
de sangre entre milicaje.

Tomen mi mano
defiéndanme de las hienas
rodeen mi cuerpo nuevo
en la ronda de Gabriela,
que yo
ahora y para siempre
seré la voz del que aúlla,
y les amarraré
los cordones
de las sandalias
hermanos y hermanas
en la tristeza,
que
impotentes aún
claman
en el desierto.


(1) Chinoy.