Ando en Alto Cielo

Ando en Alto Cielo
La Patria Dibujada. El Niño Rodríguez

29 may. 2009

Paseando en una tarde fría, en el barrio Chile


"Voy soñando, voy caminando, voy
en la arena dejo mis huellas, voy
y el mar me las va borrando, voy.
El viento sube a los cerros,
con el viento mis recuerdos,
corriendo al cerro El Aromo
pelota de trapo al cielo,
corriendo vuelvo a la casa,
mi madre siempre cosiendo,
mi padre donde estará."

Víctor Jara, En algún lugar del puerto.


Año de 1980, mi padre cumplía los cuarenta y dos, siete años del golpe, yo catorce años apenas. Cuál sería el regalo,cuál, acostumbrábamos en la familia a regalarnos libros o música, de esos cassettes baratos, recién inaugurados en un Chile que comenzaba a pavonearse en las vidrieras escandalosas de Las Condes.

En pleno barrio alto una cassetería extraña en avenida Apoquindo, fuimos con mi padre, él ya había ido antes, muchísimo antes. Esa tarde conversamos con un hombre muy cálido, un hombre que no pertenecía a esos tiempos de frío y de miradas distantes de la Patria dividida, que tenía infinidad de música en las vidrieras y estanterías. Eramos sus "clientes", sin embargo, con una mirada cómplice al poco rato nos invitó a una pieza más atrás, abrió la puerta y allí sí que había material y tanto, grabaciones de un sello recién salido y otras importadas de países todavía inexistentes para mí.

Me acuerdo de una grabación en especial, "Chile-México Solidaridad", la cara de Allende en la portada, los discursos del Chicho en su gira a México, también de un libro de toda la historia de Los Beatles, en inglés. Y de un pequeño cassette, con la cara de Víctor Jara sonriendo y cantando a la vez, con el fondo de tierra anaranjada.

Me lleve los dos primeros. El libro me lo regaló aquel hombre, no me lo vendió. Lo perdí en la década de los 90, el cassette del Chicho, lo escuche completo, con fonos, con miedo, con un cuidado casi clandestino y había que devolverlo, era peligroso tenerlo en la casa. El cassette de Víctor quedó allí. Yo volví sólo un par de veces a aquella tienda, la primera para comprar ese cassette que había quedado arrumbado en la pequeña pieza y lo compré, fue el primer regalo que le hice a mi padre con plata ahorrada. La segunda vez fui con un amigo y el local ya no estaba, no había nada, sólo era un espacio vacío. Vacío como me sentí aquella tarde fría, con mis ganas de volver a encontrar a ese hombre.

Yo no sé si era él, pero todo indica que sí: la colección infinita de esa música prohibida, a todas luces traída del extranjero a contramano de aquellos que nos vigilaban día y noche, otra enorme, de música de los 60, 70 y de algunos grupos nuevos de los 80, bajo el sello Alerce. No sé si era ese hombre, que después de adulto comencé a conocer en historias y documentos. Pero creo que todo indica que era él, Ricardo García, que como buen disjockey, me enganchó con los Beatles, lo mejor de la historia de la música moderna y popular, con Allende, lo mejor de la historia de un país que soñaba y marchaba raudo y con Jara, lo mejor de la historia de la música popular chilena de nuestros últimos 40 años.

Ese fue mi primer encuentro con Víctor, de la mano de mi padre y de Ricardo García. El cassette lo llevé a la casa de un amigo como un tesoro muy preciado, para escucharlo primero, a ver si estaba bien grabado. Lo escuchamos entero,varias personas, algunos jóvenes y otros más viejos. Eran sus últimas canciones: Manifiesto; Cuando voy al trabajo: Cuando el turno termina /y la tarde va /estirando su sombras /por el tijeral /y al volver de la obra /discutiendo entre amigos /razonando cuestiones /de este tiempo y destino, o El pimiento: Debes seguir floreciendo/como un incendio. En el lado b, aún existía el lado b, una interpretación, de música instrumental de Víctor, por Cherubito y Dávalos, en guitarra.

Aún recuerdo que por las calles, llevábamos el cassette, en un actitud quizás sobre actuada, escondido en una mochila entremedio de poleras y trapos, en la casa de mi amigo yo le pasé al plástico limpia vidrios para que brillara la portada con la sonrisa de Víctor. Fue en un 12 de octubre de 1980 cuando se lo regalé a mi padre, se lo di con el amor de un hijo que celebraba su cumpleaños y que sin decirlo, reconocía en él a la sufrida generación de Víctor.

A Víctor seguí escuchándolo en la universidad, año 1985, en aquella combativa e incendiaria UCV, la que todos y todas defendíamos como la madre de las Universidades rebeldes, la primera de la Reforma y la primera de la Rebelión. Yo no era yo, era otro y ella que ya no está, me regaló un cassette de Víctor, que aún existe, con su recital en la Universidad Católica de Valparaíso en el año 1971 o 1972. En ese que conversa con los estudiantes, con su voz proleta, campesina y tira tallas. Algo así como "lo que pasa con los pelos largos es que se le enredan cosas, que andan en el aire, o de a poquitito, de a poquitito, vamos llegando" en una directa alusión al proceso de la UP y su defensa de la política del Partido Comunista. O cuando presentó su Plegaria a un Labrador como ganadora del Festival de la UC y se quedó a medio camino de pura humildad y dijo: bueno salió ganadora y ya... Ese cassette estaba todo cortado y arreglado con scotch y en el lado b, todavía habían lados b, la voz de ella, la que ya no está, cantando una canción de Víctor, con su guitarra de siempre,la que llevaba al Campus, cuando andaba con su Tau al pecho.

Seguí escuchando a Víctor en las poblaciones de Santiago, en el glorioso San Miguel por ahí por el 86, en plena etapa de la Asamblea de la Civilidad y cuando los "viejos" de los sindicatos se reunían en la noche, en alguna casa pobre, en el barrio de viento de Ricardo, preparando el gran paro nacional. Cerca. cerquita estaban Las Industrias y Madeco. Ahora el barrio se llama San Joaquín, ya no es el de antes. Ahí escuchaba María, abre tu ventana, Vamos por ancho camino, mientra Ricardo mudaba a su hija y yo lavaba mi ropa, después de varios días de reuniones y de no llegar a la casa.

El 86, el año decisivo me pilló en Avenida Matta, con Víctor de fondo nuevamente: Si tuviera un martillo, golpearía en la mañana, golpearía en la noche, por todo el país, y para ser sincero a pesar de mi voluntad de fierro y de mi aporte en la lucha en los sindicatos, en la calle y en las poblaciones más algunos trabajitos, yo aún un joven de tan sólo 20 años recién cumplidos, andaba entre Tongoy y Los Vilos y le preguntaba al dueño de casa por qué era el año decisivo, por qué esa calcomanía pegada en el baño. Lo supe al otro día cuando en la micro temprano, yendo a la U, escuché en la radio lo del tiranicidio, frustrado pa` más recacha, la Cuesta/creerlo, le puso el pueblo.

En La Florida, Víctor nos acompañó en las marchas del hambre, o en las convivencias en un patio de tierra y asados con leña, con más vino que carne. Ven, ven conmigo ven, vamos por ancho camino, así nos sentíamos, mi generación la que tenía la oportunidad de vengar a nuestros padres, al mío, devastado por la muerte del Presidente, al de mi mujer y sus amigos, sin poder volver a este Chile torrentoso y triste, rumiando con las maletas listas, las empanadas de pino, el chancho en piedra y una cueca porteña.

Pasaron un par de años y cuando cuidaba por las mañanas a mi primera hija, le ponía una canción de Víctor: Gira gira girasol, gira gira como el sol, La Fernanda se reía mucho y miraba el techo con móviles mientras Víctor rondaba la pieza. Luego llegó Elías, al que le gustaban las canciones de protesta: Los estudiantes chilenos y latinoamericanos, se tomaron de las manos mandandirun dirun din. Y ahí, justo en esa parte de la canción, nos tomábamos de la mano la Fernanda y Elías y jugábamos a una ronda triste.

No hace mucho , comencé a escribir un libro sobre Víctor, elegí las canciones que a mi parecer más hablaban de él mismo, de su sinceridad como ser humano, de su soledad, de su tristeza y de los tiempos que le tocó vivir, VICTOR /VICTORIA lo había titulado. Eran cerca de 25 poemas. En un accidente informático perdí ese material, quedaron algunos poemas dispersos: el de Quillón que recrea su música incidental para teatro. O aquel titulado Víctor, que habla del Barrio Mapocho, él anduvo cerca, por acá en La Herminda de la Victoria, a partir de esa toma heroica hizo su disco La Población. Me da pena haber perdido ese trabajo, fue casi un año de investigación, incluso había diseñado las portadas con una foto de Víctor salida en un Diario del puerto de Valparaíso. Elegí entre muchas otras: Abre tu ventana, no basta nacer, crecer, amar, para encontrar la felicidad. La luna siempre es muy linda: No creo en nada /sino en el calor de tu mano /con mi mano, por eso quiero gritar: No creo en nada/ sino en el amor/ de los seres humanos. Paloma quiero contarte: Como quitarme del alma/lo que me dejaron negro,/ siempre estar vuelto hacia afuera/para cuidarse por dentro.

Y una anécdota, quizás rara, quizás risible, o quizás esperanzadora. En los tiempos en que por mala o buena suerte, vaya uno a saber, vivíamos con mi familia en una Villa Militar en plena Dictadura, y con ese cassette regalado a mi padre en un personal estéreo como se le decía a esos aparatos, iba yo caminando de noche cruzando mi plaza. Me encontré con un vecino, llamémoslo José, hijo de un militar funcionario del régimen, él ahora es militar. Y en un rapto de sinceridad peligrosa, le puse los fonos para que escuchara Manifiesto, José me me observó con calma, extrañado, yo nunca había hablado de Víctor ni de mi mirada política, fui siempre en ese barrio, un mudo, pero no un sordo, ni ciego a la barbarie y sus protagonistas, de eso hablaremos más adelante y de los "ilustres" vecinos y sus "humanidades". José no me dijo nada en un principio, sin embargo, se sentó en un pequeño banco de la plaza y murmuró: Ese hombre nunca debió haber muerto, nunca...

Yo ahora tengo cuarenta y dos, y recuerdo en la penumbra de esta pieza no tan distinta a las mismas piezas que he habitado en mi periplo por el barrio largo y angosto llamado Chile, la interpretación de nuestro Víctor de aquella canción escrita por Eduardo Carrasco, "Solo" y con esta canción me acuerdo de él, imaginando sus últimas horas y también nuestras últimas horas como chilenas y chilenos esperanzados y alegres: Con el alba en la mirada /dijiste adiós y te fuiste /y se nublaron mis ojos /sin dejarme ver los tuyos.

24 may. 2009

Un poeta encarcelado

I

Estoy leyendo a un poeta enorme,
hoy está en la cárcel,
importa su nombre pero no preguntes,
sólo sé que ahora,
en esta noche
en que muchos y muchas divagamos
o tantas veces nos desperdiciamos
en querellas y minucias,
hay un poeta encarcelado,
un enorme poeta
que habita "la casa de los sueños"
esas son sus palabras,
no las mías,
un poeta que me hace llorar
y reencontrar la vida...


II

Dile eso por favor, en la visita,
que limpie sus heridas con palabras
aquellas que ha sido capaz de tejer,
en su presidio,
él sabe esto,
sus palabras son lo más preciado que tiene,
están en su interior y reverdecen,
dile también cuando lo veas
que sus poemas sí
sus poemas
atraviesan los muros de la cárcel
y llegan a esta vida que tenemos
que no es maravillosa,
que también es la "casa de los sueños",
y dile,
dile que no se canse,
que trate
de no abatirse ni rendirse,
para que sus versos vuelen por Chile,
amiga mía.


No se quema

No se queman
las hojas del diario de la vida
de un hombre preso que camina
entre su compañeros saludando
no se queman.

No se queman las hojas
del diario de la vida
ni los poemas guardados
entre sus ropas de domingo
cuando llegan las visitas
no se queman.

No se queman las hojas del diario
las cubre una mirada de amor
una boca húmeda, una caricia
no se queman.

Y no se quemarán
jamás tus ojos, ni tu lengua
ni se quemará
lo sagrado que reanima
cada tarde en tu espíritu de niño
que juega con palabras
haciendo malabares
y piruetas.

¡¡No se quema!!
¡¡No se quema!!
¡¡No se quema!!

9 may. 2009

Chile o la loca geografía del flaiterío

En el barrio donde vivo, el flaiterio se hace presente de manera un tanto chocante, en el antiguo barrio obrero, en el culo de Quinta Normal, ya casi Cerro Navia, los flaite, jóvenes y adultos jóvenes de la clase media empobrecida, pero “aspiracional”, hijos de aquella clase obrera especializada de antaño, andan raudos en autos “enchulados”, cuasi engendros deportivos de luces de neón, alumbrando la neblina espesa de la pobreza y la vejestud. Escuchan reggaeton con sus mujeres pintarrajeadas y teñidas de un rubio amarillo ajado. Se visten con ropa deportiva Nike y les cuelgan de sus cuellos y muñecas cadenas de oro y plata. Cuando andan caminando, se pasean con perros de presa, pelo largo enrulado y lentes oscuros al estilo del viñamarino festivalero Leo Farkas.

Que por acá se note en demasía esta nueva clase, no es ni mucho menos indicador que exista sólo aquí y sólo en estos tiempos. La mirada clasista desde arriba, la mirada en menos sobre “el resto”, la mirada de la pequeña burguesía y la burguesía antigua y emergente quisieran creerlo y reafirmarlo. Algo así como desear creer en el nacimiento por generación espontánea de este “roterio con plata o ganas de plata” y de paso apoyarse en el slogan radial, “pitéate un flaite”. Pero no. No es tan simple el asunto, es complejísimo y viene oh dios, desde arriba como siempre.

En Las Condes, en plena década de los `80, cuando el milicaje andaba de gloria, con nuevos puestos en el aparato del estado y plata dulce, el espíritu del flaiterio comenzaba su periplo. Los tenientitos recién nombrados o inclusos algunos ya semi viejos militares conociendo recién a los 40 o 50 años el poder y la gloria, “enchulaban” sus casas con piedra laja. Así simplecito, lo que ayer eran rejas de fierro o muy pequeñas paredes de ladrillo, que más parecían banquetas a lo largo de un breve ante jardín, se convirtieron de un día para otro en altos murallones de piedra color plata o rosaditos, allí los maestros chasquillas de la época, con martillo y cincel le daban exóticas formas alas piedras, las pegaban con cemento y entre piedra y piedra armaban caminitos de pintura negra.

Pero era aquello una mala copia de los de más arriba aún. La villa militar, casi aislada del verdadero barrio alto, era en el fondo un “entre Tongoy y Los Vilos” del lugar de aquellos que en plena Vitacura remozaban sus nuevas casas: la burguesía chilena recién armada y triunfante, que entre la humedad del río, ponía enormes leones de esos que tienen la pata sobre una bola de mármol, o fuentes de agua a la entrada de los jardines de 1000 o 5000 metros cuadrados. Donde desde el fondo, se erguía la casa neo colonial, copia burda de la casa patronal y en donde el inquilino se travestía en mero jardinero o nana. La burguesía flaite, no aquella castellana vasca, austera y antiquísima que vivía en el aire frío de la Cordillera de Los Andes, sino la nuevecita, la que compró a precio de huevo las empresas estatales con ayuda de los primeros, al igual que los criollos en París de Edwards Bello, compraba copias de los muebles franceses del siglo 18 y 19, ponía copias de pintura chilena en su murallas, mandaban a hacer muebles de salón donde el maestro Lucho, llevándoles fotos polaroid o de revistas de las casas de la vieja burguesía y llenaba las estanterías con los libros de tapa de cuero de la Historia de Chile de Gonzalo Vial y de Friedman. Y transformaba a sus mujeres de viejas dueñas de casa con tubos de plástico, en secretarias ejecutivas o anfitrionas de comidas finas.

Los antiguos siúticos del siglo 19, ahora eran los burgueses. Los milicos y sus señoras en batas rosas igual que las piedras laja, ya no eran mero populacho con sueldo cagón, los “tontitos útiles de los ricos” sino poder gubernamental y relucientes clientes del Apumanque. En ese lugar o en Los Cobres de Vitacura, la flaite burguesía y el miliqueflaiterío se encontraban comprando toca casetes y videos Betamax y a veces reían juntos en los cines viendo las películas estilo Los Años Dorados o Rambo. Y se saludaban a la salida y en los pasillos, “nobleza obliga” y en el verano o acaso en algún invierno, se encontraban en Miami.

Y entonces el flaiterio burgués con el gusto tan refinado como charquicán de gato, desde las gerencias de sus empresas comenzó a hacer comidas anuales y convivencias con los obreros especializados y no tanto. Los invitó a fiestas donde la Maripepa Nieto y los muchachitos de la DINA se tomaban su whisky junto a todos ellos. Comían filete miñón y la novedosísima entrada de camarones, y ya no el típico tomate relleno de atún y cilantro y menos el chancho chino. En el escenario cantaba Lucho Jara feo y jovencito o Antonio Prieto, porom póm póm o los hermanos Zabaleta junto a Ginette Acevedo y la Gloria Benavides, esa de voz dulce pero casada con un CNI, Joaquín, que fue baleado por el hijo del Mamo en un arrebato de flaiterio militar en el barrio de la polola, la famosa villa militar entre Tongoy y Los Vilos, que era también su barrio.

El obrero en las fiestas corporativas de los mandamases emergentes, comenzaba entonces su educación flaite-capitalista en manos de la nueva burguesía y el miliquerío arribista. No faltaban a esos encuentros, los Coco Legrand, los Picó Cañas de La Tercera de la Hora, el Perro Lamadrid, ese que ahora tiene un programilla de televisión para la tercera edad en la Red, o el idolatrado Gonzalo Beltrán Martínez Conde, Director del 13, ya muerto, que también rondaba la villa militar.

Todos juntitos, conversaban cerca, cerquita del personal, pero no tanto, y también junto a los médicos de la Clínica Alemana, o a los Ingenieros Comerciales de la nueva Banca o a las Publicistas emergentes del mercado a la chilena, algunos de ellos o ellas, informantes y personal de los departamentos de análisis de los aparatos de seguridad y que de paso eran los arrendatarios de las casas o vecinos del miliquerío que ya comenzaba, dada su bullante carrera a subir a las montañas o a Vitacura y rodear a la vieja y novísima burguesía.

El antiguo y religioso momiaje, que por nada del mundo se juntaba con ninguno de ellos, porque una cosa es compartir la hacienda y otra confundir los roles, que ellos los antiguos seguían siendo los patrones y el resto, los nuevos empresarios, milicos y doctores, eran y seguirían siendo los siúticos al fin y al cabo, simplemente los inquilinos. El obrero, el peón de siempre “po oye”, ahora, es capital humano, que ojalá aprenda a no ser gañan y salirse de la hacienda, sino ser disciplinado y esforzado para la utilidad de los antiguos y de los nuevos, y de paso aprender la nueva cultura del inquilinaje, un poquito soez y de mal gusto pero distractiva y de consumo, conveniente para la mantención del andamiaje, que la cultura de ellos los viejos burgueses, solo se lleva en la sangre, en la familia y no se aprende y siempre es austera y refinada y nunca de mal gusto o amilicada.

De la vieja burguesía padre y madre del golpismo de toda época y dueña de la hacienda, ahora quedan los hijos y nietos, más tecnificados, más modernos y acaso igualmente encerrados y austeros. La nueva burguesía se ha ido refinando, de a poco, se juntan en los directorios de las empresas con la vieja aristocracia y ya al menos saben comer en su mesa, leen los mismos libros, comparten las escuelas, las de adentro y las de afuera. Claro está que algunos, no la mayoría pero algunos importantes, disienten en política, profundamente de los golpistas dominantes y discuten con cuidado: para que la cosa siga funcionando sin mayores problemas como antaño, es mejor oye, hacerse aliados de estos renovados, que han demostrado largamente su cambio y fidelidad a nuestros mercados.

El miliquerío ya no es el tonto útil ni el pariente pobre, con la venta del cobre y sus viajes de estudios estratégicos a Panamá, pueden al menos codearse de mejor manera en el estado y con los profesionales de la clase media que ahora es media alta, que ya no tienen ese tinte tan golpista y tan fascista de antaño, cuando hacían trencitos en las fiestas de año nuevo con la burguesía emergente y los periodistas y rostros de TVN, junto a los torturadores de José Domingo Cañas o de Villa Grimaldi. Ahora oye, son de la derecha de Sebastián, no tan frontal ni tan terrorista como aquella de Patria y Libertad o la de Krasnoff y “creen” en la democracia.

Los profesionales, los que fueron derrotados mas bien espiritualmente, es decir no tanto, esos que callaron por miedo o por conveniencia, están un poco viejos y se han hecho concertacionistas furibundos, defendiéndola como si hubieran luchado realmente en el pasado contra la dictadura y emulan un allendismo light, es decir correcto y constructivo.

Y los obreros… los hijos y nietos de aquellos obreros, ahora son emprendedores, también son clase media, empobrecida a veces, mejorcita otras veces, al tres y al cuatro o consumista, ya sea viviendo en los viejos barrios o en los nuevos barrios más modernamente flaites que los añejos, con altibajos pero clase media al fin y al cabo y como por arte de magia o por formación de sus padres, de la vieja aristocracia omnipresente y vigilante, del flaiterio burgués estilo Miami, del milicaje de la vieja de bata rosada, y de los guardianes clase medieros concertacionistas allendistas de centro, edificadores del “nuevo orden”, se ponen turbillones y andan con perros feroces de pelea, como los verdaderos y únicos dueños del terreno.

Así, los rubicundos y orgullosos herederos de Goebbels, los que siempre piensan que una pistola o el tintineo de las monedas es más valioso que la cultura, se pasean por la patria emprendiendo y narcotraficando su destino, para llegar a ser algún día, los nuevos ricos, los dominantes, los capaces de enseñarle a vivir a sus hijos y a sus nietos, ese esplendoroso futuro donde se formen “por generación espontánea” los nuevos flaite.