Ando en Alto Cielo

Ando en Alto Cielo

30 may. 2018

Defensa de Valparaíso

Fesal Chain

Sí, es cierto, Valparaíso huele a un enorme baño del Estadio Nacional, (cualquier futbolero puede recordar haber chapoteado en esa piscina ñuñoína de caca líquida, a fuerza de chorros de orina esparciéndose como vertiente putrefacta hasta alcanzar las escaleras de acceso a la galucha baja, llena de rejas). También es cierto que sus quebradas contienen ratas, cocinas a gas o escombros, vertederos del desaliño de un porteño ahogado en la pobreza y en la deuda pública de una ciudad muerta. Que, en verano, esas mismas quebradas se encienden como leña vieja, escupiendo lenguas de fuego hacia el habitante sin esperanzas. No es mentira que sabiondos nos declaran la ciudad fantasma invivible de un Chile que casi alcanza, como siempre, la caótica modernidad. Y tampoco es falso que las policías, los políticos, los funcionarios públicos y los pocos ricos esquilman con garras de gato maula los escuálidos recursos, que llegan desde el pulpo metropolitano, dádiva católica cínica y ciega. Convengamos que todo esto es así.

Sin embargo, el viento en ráfagas limpia todo y reparte la caída infinita de la ciudad muerta, elevándola al cielo y tirándola al mar. Océano que resucita nubes a ras de suelo, nieblas y lloviznas oxidando los objetos, pero humedeciendo la frente del que mira el horizonte. Que como dijera el poeta, frente al norte y sur del país atormentado, nuestro puerto se yergue hundido para arriba, con sus casas colgando de los cerros, a punto de volar como pájaros prehistóricos graznando burlas. Que sus mujeres y hombres bajan y suben escaleras conversando entre ellos y con los niños y los perros, riéndose de sí mismos, pícaros del tiempo, demonios más allá de sus límites y ángeles por dentro. Convengamos que esto último es lo imperecedero, lo que nos alimenta día y noche. Lo que nos vive y revive como los seres extraños de un mundo ido.



23 may. 2018

El gallinero

Fesal Chain

Ayer limpié el gallinero
un túnel del tiempo abarrotado de largos árboles secos
como sueños,
una boya, un sillón carcomido donde se sentaba
la mujer junto a la cocina a leña
cientos de sacos de leña cortada exacta
para alimentar esa cocina,
bebederos y pocillos para el grano
un baúl de madera y cuero lleno de herramientas
con las cuales el hombre de la casa
arreglaba desperfectos después de haberla construído
con el sudor de su sangre,
un barril con agua oxidada en las noches sin habitantes
túneles de ratones muertos
una rueda de la bicicleta del hijo mayor
o del primer nieto,
techumbres desvencijadas
tierra, polvo, una vid enredada entre las cosas
comiéndose la estructura,
mi padrino mirándome tras el vidrio
mi madrina bebiendo el tercer mate
de la jornada
mientras yo, en el gallinero,
juego con las lombrices enroscadas en mis dedos
en mi túnel del tiempo
abarrotado de árboles secos
como sueños.


22 may. 2018

Piazzolla

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Recuerdo de noche a mi padre escuchando Adiós Nonino de Astor Piazzolla, en nuestra primera pequeña cassettera. 1978. Yo lo miraba desde el pasillo, sentado en su sillón verde, con su rostro ladeado y su mano derecha sosteniéndolo, todo a media luz. No sabía si su tristeza era por la muerte de mi abuelo, o por alguna pelea con mi madre, o por lo que pasaba en Chile. Lo que nos había sucedido es que efectivamente se había muerto mi abuelo, que ellos se peleaban bastante y que Chile era un larga noche de gritos en la lejanía, y de seres humanos que dejaban de existir como si se evaporaran en el aire. Con Adiós Nonino como música de fondo de las imágenes de nuestra vida, la cosa se ponía aún más triste, a pesar del comienzo del fin de la cesantía de mi padre, de las vitrinas llenas de importaciones, de la plata dulce con el dólar a 39, de los paseos en el auto nuevo. Eso era el decorado de nuestro silencio público, la superficie de nuestra angustia privada, de los discos fondeados en el entretecho, de las visitas clandestinas de amigos, de los tíos que no querían ir más al Estadio Nacional a ver el fútbol, de mis ruegos de cada Pascua, para que se fuera el culpable de nuestra pena infinita.




Todos todos

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Todos, todos, tenían algún sentimiento, una opinión, todos poseían cual tesoro escondido, un sarcasmo y una autoconstrucción de sí mismos como personas muy sagaces o al menos como sujetos a los cuales no se les vende cualquier cosa. Todos, todos.Pero eran unos niños. Creían que el juego de ellos era el juego de los demás. Creían que los otros carecían de seriedad y que dada ciertas condiciones horrorosas, tendrían cierta consideración, algún pudor, conmiseración.Cuan equivocados estaban y cuan ingenuos seguían siendo. Mientras bailaban al son de la orquesta tropical, los otros bajo el sol de la tarde, afilaban sus cuchillos y observaban el baile sin decir nada y el bailarín más dotado, guiñaba un ojo al que sería el más cruel de la jauría.


16 may. 2018

Shalumit Firestone

Fesal Chain

Leí hace muchos años
a Shalumit Firestone
ella me gustaba
como también la RAF
o los colectivos contra culturales alemanes,
la Firestone era seria como Ulrike Meinhof
así de seria,
también leí revistas
donde los grupos de teatro del desnudo
mostraban las garras que se cernían sobre la juventud
del capitalismo desarrollado,
pero de todo lo que estudié, me quedé con la Firestone
ni siquiera con su hermana Kate Millet,
sólo con la Firestone
la incendiaria
la bola de fuego
la incandescente
la cibernética quien nos decía:
el embarazo es una barbaridad
el parto es como cagar una calabaza
y que la infancia era una pesadilla supervisada.
Ella la que se negaba a ser
la señorona auxiliar de la izquierda
ella, que en lugar de la belleza y el poder ocasionales
deseaba un mundo en el que estuviesen ahí todo el tiempo
en cada palabra y cada pincelada.
Ella, que murió abandonada
en un pequeño departamento
de un edificio en la East Tenth Street,
ella que ya no podía leer
que ya no podía escribir
que a veces se reconocía en los rostros de los demás,
pero que tenía su vida en ruinas
y no tenía plan de salvamento.

15 may. 2018

Le dijeron

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Durante la guerra
le dijeron que el mundo
de la posguerra sería mejor
mucho mejor
y luego tuvo que salir
de su casa
de su barrio
de su aldea
de su patria
con lo puesto y un carrito de madera
con ollas, alfombras, niños y un perro
con su mujer a un costado arrastrando los pies,
la larga marcha tenía un color de sangre y tierra
la larga serpiente amoratada de sangre seca
la infinita lengua violácea de sangre muerta
y los cañones de los fusiles punzando en las espaldas
y sobre la cabeza del perro,
le habían repetido tantas veces
que el mundo
sería mejor
mucho mejor
pero nunca le dijeron para quién.


13 may. 2018

Salmo a Nicaragua

Fesal Chain

Bienaventurado los poetas y las poetas de Nicaragua
la flor más linda de mi querer,
bienaventurada Gioconda Belli leona enmarañada en la línea de fuego
bienaventurado Ernesto Cardenal añoso árbol plantado junto a la fuente
bienventurado Sergio Ramírez muchacho compañero de nuestras vidas
bienaventurados Carlos y Luis Mejía Godoy caudalosos ríos de leche y miel
bienaventurado Darío padre azul de nuestra lengua girasol en tren de cabalgar,
bienaventurados ustedes, hombres y mujeres
que no se sientan en la mesa con los gangsters
ni con los Generales en el Consejo de Guerra,
bienaventurados genuinos hijos de Sandino
que no se venden a las consignas del decrépito partido
ni veneran la hedionada figura del traidor del pueblo
en los mitines.

11 may. 2018

D

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Antes de leer el Guardián entre el centeno, y no fue hace mucho, conocí a D. No puedo nombrarla, tampoco dar detalles de su historia. En realidad su historia es muy triste, aunque ella no lo sabe. Su padre está en la cárcel y su madre camina por la delgada línea que hay entre el mundo y la cárcel. D. es una niña bella. Y buena. A mí me dan ganas de salvarla, sí , tal cual, salvarla. Es decir, que deje de caminar por la delgada línea que hay entre ser una niña feliz y una atormentada. He planeado varios caminos y creo que si lo hago bien, podría resultar. No puedo dar detalles, se trata de la privacidad de ella, porque hasta los niños y sobre todo ellos deben tener privacidad. Si todo resulta, ella podría ver el mar desde un cerro, tomar leche con sabor en su pieza, acostarse con su muñeca, al despertar mirar los pájaros por la ventana y por la tarde leer cuentos, por ejemplo de Mark Twain. En un principio no le causarían gracia, pero sé que terminaría por entender el humor negro de Mark Twain. También podría tener su propio perro. A D. le encantaría un cachorro de pastor alemán, un ovillo gordo de lana que le ladrara por la mañana antes de ir a la escuela. Cuando pienso en todo eso, más ganas me dan de salvarla, sí, salvarla, como cuando Holden le decía a su hermana, que imaginaba a un montón de niños jugando en un campo de centeno a punto de caer a un precipicio y a él tomándolos justo antes del vuelo. Bueno, así fue, cuando leí aquello volví a pensar en D., como ahora, que yo podría ser su guardián hasta que creciera y pudiese tener una vida, una verdadera vida.


9 may. 2018

Corazón Solitario

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Hubo un tiempo en que escribía en una máquina adler en el barrio Matta, en un segundo piso que daba a la zona sur de Santiago. Desde el ventanal era posible mirar en perspectiva una colección de techos de zinc, con hombres jóvenes y viejos agachados poniendo tapa goteras o erguidos de torso desnudo tomando el sol de la tarde. En la mesa tenía mi máquina y al costado una estufa a parafina, sobre ella una tetera hirviendo y un tarro con hojas de eucaliptos. En esa época combinaba mi escritura con un trabajo de ayudante de electricista y con transcripciones de audios de mujeres pertenecientes a ollas comunes, que hablaban muy rápido y a las cuales había que plasmar en el papel del modo más genuino posible. Cansado de teclear muchas horas, me ponía a pintar al óleo las mismas techumbres repetidas que se podían ver desde el ventanal, colocando en el centro de distintas telas al hombre viejo que observaba con una lupa el trabajo de reparación. De esos cuadros, una treintena al menos, no tengo ninguno. A veces escuchaba el único disco que había en la casa, Sargent Pepper's Lonely Hearts Club Band, esperando a una mujer que había sido mi mujer un tiempo. No tenía teléfono ni como ubicarla, así que pensaba que poniendo el disco ella podría sentir a lo lejos mi llamado. Era una invocación absurda. Sin embargo, una tarde en que ya no tenía papel, ni óleos, ni tampoco comida, puse el long play y en la mitad del tema Fixing a Hole (Arreglo un agujero por el cual entra la lluvia, que no deja viajar a mi mente errante), sentí unos golpes en la puerta. Al abrirla, la vi a ella con su cámara fotográfica colgando de un hombro y con un pan con mortadela en su mano derecha. Así fue como comencé a vivir con aquella mujer durante casi diez años.


8 may. 2018

Escondrijos

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Escucho a Philip Glass y miro por la ventana todo el cielo y una parte ínfima de los cerros que bajan al mar. El mar se confunde con el cielo, la niebla iguala realidades distintas. Pienso en mi vida que pocos conocen, han visto la exterioridad pero no mis escondrijos. También pienso que eso no importa nada, ¿a quién le interesa mi vida sino a mí? En estos días las personas inflan su ego como si fuesen celebridades y no entienden que quienes trabajan en serio, digo bien en serio, es decir pelándose el lomo y quemándose las neuronas, aquello les produce risa, una risa burlesca escondida en sus escondrijos que no pueden ser vistos.


5 may. 2018

El Negro Jorquera


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Yo no era habitué de su mesa, la primera a mano izquierda entrando a Las Lanzas, local ya mítico de Ñuñoa, sin embargo, fui a ese restaurant casi todos los días durante diez años, y ahí, como les cuento, en aquella mesa, siempre estaba el Negro Jorquera, quien fuera secretario de prensa del Presidente Allende, periodista de una generación brillante junto a Lira Massi, el Perro Olivares, Carlos Berger, Máximo Gedda o Tito Mundt, por nombrar a algunos. Habitante fustigado de Isla Dawson y obligado al ostracismo en Venezuela. Un par de veces conversé con él, con la única finalidad de estar cerca de la historia y del periodismo de máquina de escribir y calco, pero sobre todo de la Historia y del Periodismo escrito con mayúscula, ese que hizo carne el titular heroico de la vida de Chile, que jamás deseamos que se escribiese: Morir es la Noticia. También me acerqué a él para conocer al gran autor de uno de los libros más humanos y sabrosos sobre el Presidente: El Chicho Allende. En Las Lanzas, Jorquera era parco con los desconocidos, pero en algunas ocasiones con su vaso de vino y con el cigarro eterno entre sus dedos, sonreía con la mitad de la boca, mientras sobre la plaza comenzaba a caer la noche. Una mueca sarcástica que en conjunto con sus ojos mirando hacia la nada, parecía más bien un hundimiento en sus recuerdos, en sus nostalgias, pero sin el derrumbe de la derrota definitiva. Hoy la mesa estará vacía y pasarán muchos meses o quizás años para que los parroquianos se acostumbren a no ver más a ese hombre bueno. Carlos, "el Negro" Jorquera ha muerto y con él va desapareciendo un modo de ser, la de una clase media austera, culta, consecuente hasta el final y hecha a pulso, que soñó porfiada con el socialismo con vino tinto y empanadas. Una clase social compuesta por hombres y mujeres que dieron la vida por aquel sueño.