Ando en Alto Cielo

Ando en Alto Cielo
CUBO DEL ENCUENTRO Irarrázabal, Mario (1940-) 2003 Bronce Universidad de Talca, Talca, Chile

15 ene. 2019

Empuñas tu mano

Fesal Chain

Tú te quejas
lloras
gritas
te enojas
luego empuñas una mano al cielo
al marchar calles donde te pican los ojos y la garganta
mientras ellos a veces te apalean
y muchas veces patean el culo de otros
de otras,
sí, quieres cambiar el mundo
quieres darlo vuelta como un calcetín
eso deseas
con tu bandera nueva,
luego si tienes suerte
la pones en lo alto de un palacio
gritas y cantas en el balcón
mirando a la muchedumbre
mientras los discurseas
para que ondeen sus banderas nuevas
y se emocionen con tus palabras
con tus promesas,
los acunas como niños
los mimas como niños
dándoles juguetes que en suma llamas libertad
hasta que dejan de estar de acuerdo
hasta que se enojan
hasta que tratan de marchar en tu contra,
entonces ahí los tuyos les patean el culo
los hacen vomitar con tus gases
con tus palos
con tus rabias
con tu mano empuñada,
para que no cambien tus sueños
para que no cambien tu mundo.


11 ene. 2019

Giros

Fesal Chain

En mi sueño éramos tres
en giro derviche
un flujo constante
en sentido contrario
a las agujas del reloj
y al medio, el alienado mundo,
pero mañana
"de las tres rosas rojas
quedará una chamuscada,
ya que morirán las otras
no serviré de nada".



1 ene. 2019

El Estanque

Fesal Chain

Después de almuerzo siempre íbamos al estanque verde esmeralda, donde se suponía se encontraban los peces más grandes y gordos de toda la localidad. Era una circunferencia rodeada de arbustos a la que uno no debía meterse nunca, pues podía ser succionado por algún túnel subacuático que nos llevaría río abajo y desde su cauce turbulento a la China. Se decía que era tan profundo que los peces que lo habitaban eran ciegos y sin colores. Mi amigo y yo, siempre llevábamos un par de carretes con suficiente hilo, como para que las carnadas exploraran sin problemas aquel fondo infinito. Y ahí nos sentábamos en el pasto, entre una hierba amarilla que nos tapaba por completo bajo el sol. Por eso, cuando en el único almacén, vi aquel sombrero de paja, le rogué a mi padre que me lo regalara. Así, todas las tardes con una canasta con pan con mermelada de mosqueta, íbamos a sacar los famosos peces que en la noche arderían con mantequilla en una paila de gitanos en la cocina a leña. Lo único que perturbaba mi pacífica estadía en el estanque, eran los ladridos del perro lobo, encerrado en una jaula de madera a pocos metros de allí. De todos los años que fuimos nunca pescamos nada. Y crecimos a tal punto, que sentados, la hierba ya no nos cubría más que las rodillas. Mi sombrero de paja se fue deshilachando y un día cualquiera, con una piedra en su interior, lo tiré para verlo hundirse formando un pequeño remolino. De mi amigo no recuerdo ni su rostro. Al parecer, el estanque no era sino una poza que se llenaba con las cascadas que bajaban desde las cordilleras negras, y que luego continuaba drenando subterráneo hacia el camino de tierra frente a la casa. Los carretes aún los tengo, envueltos en una bolsa plástica. Desde que tuvimos que escapar, jamás volví a aquel lugar. Lo último que supe fue que el padre de mi amigo nunca fue como nosotros, sino un tipo que, al almuerzo, mientras el perro lobo no paraba de ladrar rabioso, esbozaba una sonrisa al saber que algunos vecinos habían terminado flotando por el río, ese que se suponía llegaba a la China.