Ando en Alto Cielo

Ando en Alto Cielo
El pago de Chile. Artefacto de Nicanor Parra

16 abr. 2011

Mujeres y rebeldías


Fesal Chain

Casi siempre, por no decir siempre ( y en esto probablemente no hay atisbo de feminismo) me he acercado literariamente a la revolución ( lo que en absoluto significa que me haya acercado a ella sólo literariamente) por libros de mujeres. Los textos autobiográficos de hombres me aburren. No me siento identificado en ellos. A veces pienso que es lisa y llanamente travestismo. Como cuando Charly García vocifera que es "hija de la lágrima". A propósito, usé ese poema canción de García muchas veces en uno de los tantos libros que he escrito y que duermen el sueño de los justos, al menos en el papel.

El primer libro que leí fue "Un día de Octubre en Santiago" de Carmen Castillo. Su vida con Miguel. La revolución por amor. Por el amor no solamente al pueblo, sino al hombre con el que compartía sus días y sus noches, su cotidianidad en la casa y en el barrio junto a sus hijas y al perro Pillán. Cuando tuve en mis manos una de la novelas de Regis Debray, sobre su vida como guerrillero, más allá de algunos pasajes interesantes, me pareció una burda copia del libro de Carmen. Pero al revés. Exactamente la misma experiencia de Carmen, pero desde una mirada de macho seductor.

También leí una y otra vez, dos veces para ser sincero, "Los mandarines" de Simone de Beauvoir. Lo hice por olvido. Es decir cuando lo leí la primera vez, olvidé que lo había hecho y cuando lo terminé por segunda vez, sólo en las últimas páginas recordé que ya lo había recorrido completo. Anoche me pasé de largo leyendo "El país bajo mi piel, memorias de amor y de guerra" de Gioconda Belli. Y me reencontré con Carmen y Simone. Pero también conmigo mismo, pues a pesar de mis limitaciones yo soy también como Charly "la hija de la lágrima". Aunque muchas mujeres y hombres crean lo contrario. Soy a la par que este "macho iracundo" la otra ella. Como cuando niño miraba en un quiosco de la esquina de mi casa, las fotos de la Tongolele y su mechón blanco cayendo sobre su frente y deseaba tener ese pelo cayendo sobre mi ojo. Cuando los hombres ni siquiera se ponían ropa de colores. O cuando tantas veces he deseado que la boca de mi amiga de siempre, sea mi boca y entonces ocupo sus palabras en mis textos, porque sé que son más acuciantes y certeras que las mías.

Porque ser hombre es a la vez que un desafío, una especie de castigo. Pues la maqueta del macho chileno y latinoamericano y quizás mundial, paradojalmente tan alimentada por las madres y las propias mujeres y tan bien aprendida por nosotros, actúa como un corsé y una camisa de fuerza de lo que sentimos y somos tan diversamente en nuestras motivaciones más internas. Hacer dinero o comerciar, mirar a las mujeres de reojo, chismorrear entre hombres sobre las características físicas de una u otra, alzar la voz, andar poniendo normas a diestra y siniestra, o mandar y salir a combatir, son límites muy básicos para la riqueza humana del hombre. Un niño por ejemplo es, y lo sabemos, mucho más que eso, especialmente cuando comparte el día a día y los minutos con su madre o hermanas, mientras justamente el padre anda cazando mamuts por las calles de la ciudad. Entonces juega a las muñecas o a las tacitas, o aprende las labores de la casa o en esa etapa de su vida, conversa mucho más con las amigas de la madre y de la hermana de lo que conversa con los hombres. Esa dimensión enorme del aprendizaje de un niño ha tenido que ser escindida o escondida cuando se trata de vivir como hombre adulto dominante, ya sea para conservar o revolucionar.

Pero volviendo a la literatura y a esas mujeres enormes como la de Beauvoir, la Castillo o la Belli, y volviendo a mí mismo, las envidio. Son a la vez que fuerza politizada, fuerza telúrica y sexual, rebeldía personal para el ser social. Seres humanos más completos e integrados en su enorme diversidad de energías. La de Beauvoir entonces, y ya lo dijo un célebre sociólogo, aún permanece porque no habla "en abstracto", sino desde su experiencia. Parafraseando a Bourdieu, cuando ella dice hombre, dice hombre como dice mujer y no como Sartre que cuando habla del hombre, habla del HOMBRE EN GENERAL, es decir de la especie, y desde una idea, sólo real en su mente filosofal. La Carmen, habla del amor de Chile, pero no meramente del amor a masas indeterminadas o a la geografía, sino del amor a hombres y mujeres concretas, y de su vida en tanto, pasión, sangre y cuerpo particular. Gioconda pone sin remilgos sus partos y sus llantos o el nacimiento y la existencia de un niño o de una anestesia epidural al mismo y exacto nivel de la existencia de un líder revolucionario o de un estallido social, pues también lo sabemos, ese líder y esos hombres y mujeres que hacen la historia, pasaron por penas y alegrías cotidianas o por la etapa de niños, y probablemente sus madres por dicha anestesia, placeres y dolores.

Todas ellas, la Carmen, la Simone y Gioconda escriben por decirlo de una manera,como cuando la Tongolele movía sus caderas y el ombligo, que al bailar, hacía rebelde y particular política contra todo conservadurismo y no mero arte por el arte, mientras un niño de hace 40 años la miraba en la portada de una revista, queriendo tener su mechón blanco cayéndole sobre la frente, y ojalá sobre el maldito ojo derecho.