Ando en Alto Cielo

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foto Fesal Chain

7 ene. 2013

José María Bulnes, la invención de lo posible

por Francisco Marín
Semanario Proceso, 1888,
6 de enero del 2013, México


En tres países latinoamericanos dejó honda huella este escritor, profesor, filósofo y luchador por los derechos humanos e indígenas: Chile, donde nació en 1931 y murió el 28 de diciembre pasado en circunstancias trágicas; Puerto Rico, donde comenzó a destacar en el mundo académico, y México, al cual se integró durante su exilio como maestro de la UNAM. En este último aspecto, desde Chile, uno de sus discípulos valora su ejercicio de cátedra como “un renovador del pensamiento social y político”, mientras que dos abogados ofrecen el testimonio de la aventura compartida con Bulnes de la defensa de los derechos de los mapuches y pehuenches. A su vez, en México, Rafael Vargas, colaborador de Proceso, rememora su paso por la UNAM cuando fue su maestro. Y se reproduce íntegro el texto del intelectual escrito en 2003 para la presentación del libro de Proceso México: Su apuesta por la cultura.


VALPARAÍSO, CHILE.- La violenta muerte del filósofo José María Bulnes, acaecida el viernes 28 de diciembre, ha causado impacto entre letrados y defensores de los derechos humanos. Nadie preveía que un académico que volcó su vida y su amplio bagaje cultural en defensa de perseguidos y humillados iba a ser ultimado a puñaladas en su domicilio de Santiago.

El autor confeso del crimen, Gustavo Soto, de 25 años, fue detenido cuando intentaba atravesar hacia Argentina –por el paso Los Libertadores– con las pertenencias obtenidas en el asalto. Soto, quien realizaba trabajos esporádicos para Bulnes, fue imputado por la Fiscalía de Maipú por los delitos de robo, homicidio e incendio intencional.

Bulnes Aldunate fue enterrado el 29 de diciembre en el cementerio de Zapallar. El jueves 3 de enero se le rindió un homenaje en la sede central de la Universidad de Artes y Ciencias Sociales (Arcis), que fue presidido por el rector Carlos Margotta y por la familia de Bulnes. Allí se descubrió una placa recordatoria y se bautizó un espacio central con su nombre.

HOMBRE COMPROMETIDO
José María Bulnes Aldunate nació en Santiago de Chile el 14 de julio de 1931. Realizó estudios en derecho (Universidad Católica 1949-1952); obtuvo la licenciatura en filosofía y lenguas clásicas, Universidad de Chile (1952-1956). Entre 1957 y 1959 fue rector del Colegio Santiago.

En 1959 se trasladó a Puerto Rico, a donde llegó invitado por Ángel Quintero Alfaro, decano de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico. En esa universidad se desempeñó como profesor en los departamentos de Humanidades, Ética, Lenguas Extranjeras y de Lenguas y Literatura. También obtuvo un magister artium (Universidad de Puerto Rico, 1963). Realizó numerosas publicaciones bajo el sello CIDOC (Centro Intercultural de Documentación), entre las que destaca Unidad y testimonio de las grandes letras hispanoamericanas (1970).

De vuelta en Chile, el presidente Salvador Allende lo nombró director ejecutivo del Programa O’Higgins (1971-1973), que fue gestionado por el Centro de Estudios de la Realidad Nacional de la Universidad
Católica de Chile.

Tras el golpe militar, Bulnes decidió, como tantos otros chilenos, vivir su exilio en México. Allí fue profesor e investigador de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (1974-1988), mismas funciones que desempeñó en el Centro de Estudios Políticos y en el Centro de Estudios Básicos en Teoría Social.

En México también fue director fundador de Le Monde Diplomatique en español(1978-1981) y tejió vínculos con destacados intelectuales, entre ellos el director fundador de la revista Proceso, Julio Scherer García.

Tras el retorno a la democracia (1990) volvió a Chile. Allí, junto con Carlos Ossandón, Mario Berríos, Luis Torres y otros académicos, dio vida a la Arcis, centro de estudios que en las últimas dos décadas ha cobijado parte importante del pensamiento crítico chileno

Es claro que José María Bulnes dejó huella. Según la destacada abogada defensora de los derechos humanos Nancy Yáñez, Bulnes “fue un luchador por los derechos humanos toda su vida. Eso se manifiesta no sólo en la defensa de los derechos humanos vulnerados en dictadura, en la que él destacó, sino que también fue un defensor de los derechos de los pueblos indígenas, fue un defensor del medio ambiente. Su papel fue central en la defensa de indígenas afectados por la construcción de la central Ralco” a mediados de los noventa.

Yáñez, que es codirectora del Observatorio Ciudadano, compartió labores con Bulnes en el Departamento de Derechos Indígenas de la Universidad Arcis, creado y dirigido por él en 1993. Añade la jurista: “Quienes imaginamos que en democracia las cosas iban a ser distintas que en dictadura, nos encontramos con que los pueblos indígenas fueron nuevamente humillados.” Yáñez afirma que en ese contexto de destrucción del medioambiente y aplastamiento de las comunidades indígenas, Bulnes se convirtió “en un gran defensor de los derechos colectivos, de una nueva generación de derechos humanos”.

El también abogado indigenista Roberto Celedón vierte igualmente elogiosas palabras para el letrado chileno: “José María Bulnes era una persona de gran cultura y sencillez. Puso todas sus capacidades al servicio de la lucha de los más desposeídos. Su muerte es una pérdida irreparable.”

Celedón conoció a Bulnes antes del golpe, cuando éste dirigía el Programa O’Higgins. A su entender mostró allí cuán amplia era su calidad humana y profesional: “Impulsó un plan de desarrollo de las comunas rurales de la provincia de O’Higgins extraordinariamente interesante, que se construyó con base en el diálogo y el requerimiento de los campesinos.” Y lo mismo hizo en el Departamento de Derechos Indígenas de la Universidad Arcis, con el propósito de que “hubiera una instancia que apoyase las demandas y lucha de los pueblos indígenas, ya en el marco de la transición a la democracia”.

Celedón dice que este fue un departamento que prestó gran ayuda a la causa indígena: “En esta área nos tocó colaborar estrechamente en la defensa de 144 mapuches del Consejo de Todas las Tierras, perseguidos en 1993 y 1994.”

Los gobiernos de Patricio Aylwin y de Eduardo Frei, ambos democratacristianos, habían acusado a esos indígenas de asociación ilícita y usurpación de tierras. El caso llegó a la Comisión Interamericano de Derechos Humanos (CIDH), la que constató las infracciones a las garantías de un justo proceso de que fueron víctimas los mapuches que estaban liderados por el werken (mensajero) Aucán Huilcamán. El abogado Celedón recuerda que por los mismos años le tocó a Bulnes participar de la defensa de las comunidades pehuenches del Alto Bio Bio –centro-sur de Chile–, Quepuca Ralco y Ralco Lepoy, que serían afectadas por el proyecto de construcción de la hidroeléctrica Ralco. Este caso se convirtió en el primer gran conflicto que tuvieron los gobiernos de la Concertación de Partidos por la Democracia con los pueblos indígenas.

Y también llegó a la CIDH, instancia que exigió al Estado de Chile respetar los derechos de los pehuenches. Dada las movilizaciones en el país –que abarcaron masivas protestas del universo mapuche y no mapuche– y la presión internacional, “se llegó a un acuerdo altamente satisfactorio para los demandantes pehuenches”, señaló Celedón. Destaca asimismo que en este proceso el papel de Bulnes y del departamento que él dirigía “fue muy relevante desde el punto de vista del análisis, de los estudios que se elaboraron para defender los intereses de los pehuenches. Y también para conseguir una solución amistosa con el Estado de Chile”.

Dice que Bulnes, a pesar del papel articulador que jugaba en ese proceso, siempre mantuvo un bajo perfil: “Fue una persona extraordinariamente fina, delicada, jamás intentó sustituir el protagonismo de las organizaciones indígenas.” Y para graficar el cariño que los pueblos originarios tienen por el recientemente fallecido académico, Celedón cuenta que un día después de la muerte de Bulnes lo llamó por teléfono desde Colombia el werken Huilcamán. “Me manifestó de manera muy sentida, emocionada, que con la muerte de Bulnes los pueblos indígenas de Chile habían perdido a uno de sus mejores amigos.” El jurista relata que el conocimiento que alcanzó Bulnes de la realidad indígena en Chile, México y otros países de América Latina “fue un factor muy importante en la creación de vínculos entre estos mismos pueblos”.

Otra mirada, no menos elogiosa, es la que tiene de Bulnes el escritor y sociólogo Fesal Chain, quien lo conoció siendo su estudiante: “Entré a la Universidad Arcis en 1986. ‘El ojo’ (así se le llamaba) no era más que un pequeño instituto donde convergían hijos de exiliados, pobladores y una clase media de larga tradición comunista. Ya en el año 1987 el Arcis creció y nos fuimos al centro de Santiago (…) entonces elegí la cátedra de ciencias políticas que justamente dictaba el profesor Bulnes Aldunate. Toda la cátedra no se trató más que de una sola cosa: pensar, mirar con ojos nuevos. Dejar atrás las ideas preconcebidas, salir del eslogan habitual de una izquierda trasnochada y derrotada.”

Agrega Chain: “Para mí todo ese año fue un deleite. Una especie de confirmación de que la locura esencial del estallido del pensamiento era legítima y necesaria. Probablemente por primera vez en mi vida sentí que tenía un lugar, y que ese lugar era yo mismo, mis propias capacidades. Para mí José María fue la maravilla de la invención de lo posible y, en suma, creo que para todos quienes fuimos sus alumnos, fue un innovador, un renovador del pensamiento social y político, un porfiado, un rebelde y, sobre todo, uno de esos hombres que se dan muy de tarde en tarde en la historia, aquellos –al decir de Camus parafraseando a Lawrence– que, sabiendo que nos encontramos en una época trágica,no desesperan nunca y que con su pensamiento y vitalidad le dan un gran puntapié a la desgracia.”

***
Maestro Bulnes
Rafael Vargas

La muerte de José María Bulnes Aldunate es devastadora para todos los que lo conocimos.
Su inteligencia y sus conocimientos eran enormes, resultados de años de estudio en derecho, filosofía y lenguas clásicas. Aunque nada le era más ajeno que la ostentación, su saber se hacía patente desde el primer momento en que uno lo escuchaba.

Tuve la inmensa fortuna de ser alumno suyo a partir de 1975, cuando me inscribí al curso que impartía sobre Filosofía de la Historia en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Después lo seguí en otros cursos, todos brillantes, apasionantes siempre.

Como muchos de sus compatriotas, llegó a México a raíz del golpe militar contra el gobierno de Salvador Allende. Contaba ya con amigos y conocidos en nuestro país. Entre ellos Ivan Illich, a quien supongo que habrá conocido en Puerto Rico a comienzos de los años sesenta, cuando Illich era vicerrector de la Universidad Católica en aquel país, y Bulnes, profesor en la Universidad de Río Piedras, comenzaba a destacar en su larga labor como catedrático universitario. (Hacia 1982 tuve el inesperado gusto de conversar con Edgardo Rodríguez Juliá, el notable novelista portorriqueño, quien también, lo descubrimos por azar mientras hablábamos, había sido alumno de Bulnes. No tuvo sino palabras de admiración y entusiasmo hacia él.)

Con Illich escribió Hacia el fin de la era escolar, publicado por el Centro Intercultural de Documentación (CIDOC) en 1971, bajo cuyo sello había publicado un año antes un libro que habría que reeditar pronto: Unidad y testimonio de las grandes letras hispanoamericanas.

Era un gran lector de literatura. Sobre todo de poesía. Era devoto de Góngora, de Cervantes, del Inca Garcilaso, de Darío. Nos hizo leer y disfrutar a José María Arguedas, a Vicente Huidobro (en particular un libro: la versión que éste escribió en 1930 de Mío Cid Campeador). Leía y releía a Dante, a Dostoievski. Con frecuencia los empleaba como textos de estudio en sus clases sobre teoría política.

Al lado de estos clásicos nos hacía leer asimismo a San Agustín, a Pico della Mirandola (cuya Oración acerca de la dignidad del hombre tradujo y publicó en Puerto Rico en 1963), a Fustel de Coulanges, a Teilhard de Chardin, a Leszek Kolakowski. Pero también a Marx, a Engels, a Gramsci, a Foucault. Bulnes era cristiano y socialista. A algunos, prejuiciosos, nos costaba trabajo conciliar las dos vertientes, imaginarlo ayudando al obispo de Cuernavaca Sergio Méndez Arceo a oficiar misa. Poco a poco aprendimos a comprender, bajo su guía, que el humanismo es uno solo.

Las clases de Bulnes solían sacudir nuestra conciencia. Una y otra vez insistía en que era indispensable aprender a leer, a no quedarse en la recitación de fórmulas:
“No hace falta leer muchos libros para ser inteligentes –repetía–. Siempre será mejor leer bien cuatro excelentes libros que leer de prisa un centenar y al cabo no recordar nada.”

En su curso sobre ciencia política cada clase comenzaba con el comentario de alguna de las noticias más relevantes del día. No recuerdo exactamente la fecha, pero sin duda fue al inicio del gobierno de José López Portillo, en que, una noche, subrayó: “La noticia más importante del día es el anuncio del hallazgo de enormes mantos petrolíferos en Chiapas. Esto, que en otro país debería leerse con alegría, es, debido a la corrupción y a la dependencia en que vive México, una noticia infausta”.

Era un maestro severo. No permitía que llegáramos tarde a clase. Una vez que comenzaba a hablar –siempre puntualísimo– la puerta ya no se abría. Si había encomendado una tarea y alguien no la cumplía, tenía que abandonar el salón. “Aprendemos juntos o nos convertimos en parásitos de nuestros compañeros”.

Su rigor, sin embargo, estaba acompañado de un sentido del humor extraordinario, y la risa era frecuente en sus clases gracias a la fina ironía de la que sabía hacer gala. Las dos horas de cada curso pasaban volando y uno salía del salón emocionado, necesitado de leer y de conversar. No permitía, sin embargo, que se formaran corrillos a su alrededor. Le gustaba conversar con sus alumnos uno a uno.

Dio muchos cursos en la Facultad de Ciencias Políticas y ayudó a realizar importantes seminarios internacionales. A finales de los años setenta fundó aquí, con Pedro Vuskovic, Le Monde Diplomatique en español. Querido y respetado, con buena posición académica, podría haberse quedado a vivir en México holgadamente.

Apenas le fue posible, volvió a Chile. Y volvió para luchar contra el pinochetismo desde su trinchera natural: la educación. Contribuyó a la fundación de la Universidad de Artes y Ciencias (Arcis), en cuya Facultad de Arquitectura enseñó buena parte de los últimos años. No tardó en enrolarse en la defensa de los derechos de los mapuches, que durante años fueron despojados y perseguidos por la dictadura militar e incluso bajo los gobiernos de la Concertación Democrática.

A sus 82 años de edad, Bulnes vivía solo, de manera modestísima, en una comuna –como se le llama en Chile a lo que nosotros llamamos colonias– de gente humilde. Era un hombre extraordinariamente fuerte. A los 80 años se decidió a dejar de fumar porque el médico le dijo que, aunque sus pulmones estaban bien, no le convenía poner en riesgo el corazón. Aceptaba cuidarse porque, naturalmente, estaba lleno de proyectos. Sé por lo menos de dos de ellos. Un libro titulado El fulgor –un largo ensayo filosófico sobre el valor de la vida en tiempos oscuros– y otro más sobre El Quijote,
escrito a la manera de un largo comentario para acompañar la lectura del libro y explorar algunas de las interrogantes que suscita.

La cátedra de José María Bulnes a lo largo de más medio siglo fue (uso las mismas palabras que él empleó para definir la labor de Illich) una permanente incitación a pensar. Ello hace que sea aún más doloroso que haya muerto en un hecho que parece absolutamente absurdo. Creo que no seré el único de sus amigos y conocidos que albergará una sombra de duda acerca de los motivos de su asesino.