Ando en Alto Cielo

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2 jun. 2010

Rizoma, mi literatura la de mis coetáneos y la vuestra


Fesal Chain

Gilles Deleuze y Félix Guattari escribieron ya hace 33 años el Antiedipo, y como introducción a este libro, su célebre texto Rizoma. En este último, plantearon algunas cuestiones que hoy resultan tremendamente veraces para el tipo de literatura que nuestro tiempo reclama y que no sólo reclama sino que construye por fuerza mayor. Así considero a mi literatura, hija de esta reflexión, no totalmente claro está, pues uno es depositario de una multiplicidad de escrituras y reflexiones, pero en esencia sí, en tanto soy heredero de la generación de Mayo del 68.

Permítanme desconstruir el texto de Rizoma, escoger aquello más comprensible y hacerlo converger con lo que creo es mi literatura, que en estricto rigor y dado este texto, no es ni mía, ni desea hablar meramente de lo que soy, sino de los que somos, como parte de un todo en que otros la releen y otros la reescriben también.

Los autores dicen : "No llegar al punto de ya no decir yo, sino a ese punto en el que ya no tiene ninguna importancia decirlo o no decirlo. Ya no somos nosotros mismos. Cada uno reconocerá los suyos. Nos han ayudado, aspirado, multiplicado".

Por mi parte el yo literario que emplazo y que describo y se hace hablante y personaje, pareciera ser un Yo casi narciso, una especie de emulación nerudiana. Sin embargo esa es la lectura en la superficie. Poco me importa realmente la construcción del Yo soy, vía la literatura. Me he propuesto y a veces lo hago sin proponérmelo, para estos tiempos y su espíritu, la verdadera apuesta poética de la construcción del Yo no soy Yo. Pocas veces entendido por los lectores, ese "Ya no somos nosotros mismos" de los autores citados.

Yo soy otro Yo. Puesto que a mi juicio vivimos en un país y en un mundo que requiere más que todo, una reconstrucción colectiva en la obra, un mirarse y rehacerse como en un espejo, pero ya no de los dioses, sino en el espejo de un Yo disuelto en un devenir anónimo. Como dije, de un Yo que deja de ser sí mismo para ser justamente el otro. El mismo otro que reescribe leyendo. No es tampoco, y justamente por eso nombro a Neruda y debería nombrar a Whitman, el Yo omnipotente que está en los otros, los acompaña, como voz que da voz a los que no la tienen. Sino la conversión de un Yo que escribe al Yo que lee y viceversa. Por eso la insistencia, en extremar un Yo, que parezca extraordinario. Para que de tan excepcional devenga en in/creíble y pase a ser común.

Porque del Yo omnisciente de Neruda o de Rokha, a la negación cotidiana por continuidad, de Parra a la disolución del Yo en en lar de Teillier, creo que hoy es posible, justamente pasar a un Yo devenir. Ese yo devenir que se vislumbra de algún modo, en la propuesta mistraliana. Ese es, desde el punto de vista de la literatura chilena, el paso del que formo parte con muchos otros creadores y creadoras, lectores incluidos.

Los autores también plantean: "Un libro es precisamente un agenciamiento (...) y como tal inatribuible". (...) Un agenciamiento maquínico está orientado hacia un cuerpo sin órganos que no cesa de deshacer el organismo, de hacer pasar y circular partículas asignificantes, intensidades puras, de atribuirse los sujetos a los que tan sólo deja un nombre como huella de una intensidad. ¿Cuál es el cuerpo sin órganos de un libro? (...) Puesto que un libro es una pequeña máquina, ¿qué relación, a su vez mesurable, mantiene esa máquina literaria con una máquina de guerra, una máquina de amor, una máquina revolucionaria, etc., y con una máquina abstracta que las genera? (...) A menudo, se nos ha reprochado que recurramos a literatos. Pero cuando se escribe, lo único verdaderamente importante es saber con qué otra máquina la máquina literaria puede ser conectada, y debe serlo para que funcione.(...) Kleist y una loca máquina de guerra, Kafka y una máquina burocrática increíble...

Si vuestra literatura y la mía, que ustedes reescriben leyéndola y yo leo escribiéndola y de la cual soy un protagonista más en el colectivo de creadores y protagonistas que son también ustedes, se acopla y conforma el devenir, el espíritu de la época. ¿Cuál es la máquina social a la que se conecta, y la máquina abstracta que la genera? Ya no es la máquina del progreso lineal de la revolución burguesa, ni la máquina lineal del proceso revolucionario como determinación de la historia. Ni tampoco la soledad de quien sólo tiene nostalgia, de pasado o de futuro, situado en pequeño lugar, en la provincia. Menos es el chiste parriano de la igualación de las propuestas ideológicas, como descreimiento, aún cuando vivimos en el nihilismo y la seducción fría.

Escuchando a Francisco Varela, me parece que el neurobiólogo apunta a una cuestión preponderante: La máquina global, la máquina de la globalización financiera y cultural, y el nihilismo, tiene su contra parte resistente en el asentarse en lo local, pero no, (desde la perspectiva literaria), como folclore naturalista anterior a la generación del 50 en Chile, ni tampoco como lar Teillieriano, posterior a dicha generación. Se trata de la reafirmación de que no es posible vivir el mundo global sino desde lo propio, desde el territorio físico y cultural como modo de vida, como relaciones, como dolores, como placeres, como deseos, como herencia ontológica y como herencia histórica.No es posible al menos si es que deseamos inconsciente o conscientemente pero de manera profunda, que nuestro ser no nos de la espalda y que terminemos vacíos de sentido.

Por eso es explicable, entre otras cosas, la cualidad de la poesía chilena y que se reproduce infinitamente. Es este territorio y no otro el que produce esta poesía, estos poetas y no a otros con otra voz y con otras palabras. Esto que puede sonar obvio, no lo es, en el sentido de que prácticamente toda la historia política de Chile se fuga y construye su fortaleza central hacia la dirección contraria, pues no es sino un observar lo propio, a Chile, desde afuera, ya sea desde la emigración ilustrada de las burguesías o de las pequeñas burguesías, ya sea desde el exilio, ya sea desde dentro mediante las interpretaciones y puestas en marcha de las ideologías de Europa y/o Estados Unidos. Liberales o Marxistas, o sus continuidades.

Así la literatura y las lecturas que pretendo hacer y que me obliga la historia yla ontología a hacer y que sé, tienen un correlato en las lecturas y reescrituras sobre ella de otros, todos mis coetáneos, no es sino una máquina de palabras que se acopla a la maquina del territorio de lo propio, al territorio cultural descrito y a su herencia poética, como resistencia a una globalización que tiende con cada vez más fuerza a destruir lo natural, lo popular, lo mayoritario, lo local, lo comunitario, lo nacional e histórico y al propio estado-nación.

Prosigue Deleuze y Guattari: "(¿y si, después de todo, se deviniese animal o vegetal gracias a la literatura - que no es lo mismo que literariamente -, acaso no se deviene animal antes que nada por la voz?)".

He aquí una cuestión central, puesto que sólo devenimos a lo natural que es el asentamiento y por continuidad todo el territorio cultural como modo de vida, (somos quiéranlo algunos o no lo quieran otros, Hombres y Mujeres de la Tierra) gracias a este agenciamiento de la máquina poética y literaria chilena a la máquina social identitaria. Al respecto no es azaroso que todos y todas las grandes poetas chilenas, a los que de una u otra manera, tanto los que leen y reescriben como los que escriben y releen buscan, hayan sido los grandes creadores y recreadores de nuestra naturaleza y de lo humano intrínsecamente ligado y generado por ella.

Neruda, un poeta que redescubierto no es sino una voz ecológica, de los bosques, del mar y de los pequeños seres, residente de la tierra, la Mistral que redescubierta es sobretodo el recorrido mineral- geológico y del viaje espiritual hijo -madre, llamado Poema de Chile, De Rokha que en sus Comidas y Bebidas de Chile no es sino el rescate y la reformulación del campo tradicional de la marginalidad social chilena, asentado en la animalidad, en profunda comunión con las especies vegetales y lo humano. El listado podría ser infinito, y no pretende ser exhaustivo. Recuerdo y celebro a Raúl Zurita en su Purgatorio y en Canto de los ríos que se aman.

Finalmente, los autores nos interpelan: La literatura es un agenciamiento, nada tiene que ver con la ideología. No hay, nunca ha habido ideología. (...) Escribir no tiene nada que ver con significar, sino con deslindar, cartografiar, incluso futuros parajes.

Puesto que más allá de las visiones racionalistas de cada creador y creadora, y de los lectores como reescribientes, lo que hace focalizadamente la literatura que funciona y especialmente la chilena y desde la cual trato de reconfigurar mi palabra, es justamente cartografiar los parajes recónditos del ahora y sobretodo los del mañana. Los parajes identitarios. No hay sentido en la literatura sino que desde esta convergencia de la máquina propia y la social o abstracta, se deba y pueda reconfigurar la realidad, poietizarla y transformarla desde lo inanimado de las propuestas economicistas, a lo animado, lo humano, lo animal, lo vegetal y mineral, cuya identidad y existencia intrínseca siempre se resistirá como vida, al imperio de lo que pretende uniformarla como mero flujo transnacional de capital financiero o de ideología mesiánica, fascistizante desde la derecha o desde la izquierda. Y que la hace desde esta perspectiva, revolucionaria.