Ando en Alto Cielo

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10 sept. 2009

NUESTRO 11 DE SEPTIEMBRE DE 1973, NUESTRO DOLOR


Fesal Chain

A todos quienes dieron su vida contra la dictadura, que no conocí personalmente y que conocí, a los torturados de mi patria,a los detenidos en los campos de concentración, en las casas secretas de tortura, a nuestros detenidos desaparecidos, a los ejecutados políticos, a sus familiares, a los amigos y amigas que murieron por nuestros ideales, aquellos que hicieron de sus vidas una permanente lucha diaria, en sus lugares de trabajo y en la clandestinidad, a los que estuvieron exiliados y que aún están afuera, a todas y todos los hermanos y hermanas que fueron los patriotas y cristos de ese siglo que pasó y que en su ejemplo concreto en la lucha por la libertad de Chile, nos ofrecieron su existencia para que nosotros pudiéramos vivir mejor y más libres. Con amor.

A lo mejor se ha escrito poco o mucho del golpe de estado de 1973, no lo sé realmente. A veces, pienso que no se han contado de manera aún más explícita y sistemática, los detalles del golpe y de la dictadura y con esto me refiero al detalle de los actos terroristas e insidias de los golpistas, durante los tres años de la Unidad Popular. O los planes para acometer los distintos tipos de asesinatos selectivos y en masa y las torturas o apremios, o como fueron organizados los días y noches de los campos de concentración, por ejemplo.

Pero a veces, creo que más allá de lo real, de lo que toda un país debe saber, puesto que no hay nada más necesario en la vida de un país que conocer su historia, hay un problema de enfoque. De cómo poner la cámara de fotos, desde que ángulo mirar y decir. Y esto lo digo a propósito de la discusión que surgió en el equipo de trabajo de un Boletín Popular en Cerro Navia el año pasado, cuando se propuso escribir sobre este tema. Surgieron miedos, enojos o francamente algunos ni siquiera querían que se escribiera sobre el 11 de septiembre de 1973. Se planteó que era algo que dividía mucho a los chilenos, que siempre se dice lo mismo, que a los comunistas se les identifica con un discurso sobre el golpe ya muy manido, muy usado.

Así que, cuando puse manos a la obra, cuando comencé a escribir esto, no sabía como, para no caer justamente en datos muy técnicos, en frases de propaganda o en lugares comunes, tales como el imperialismo o la instauración del capitalismo financiero. O tomarlo de una manera muy superficial, casi maquillándolo. Que la división de los chilenos y el conflicto, etc., etc., como parece salir en los manuales de historia para estudiantes.

Podría decirse que el golpe, como cualquier golpe, por ejemplo un puñete en la cara, o una patada en las costillas, es muy difícil de explicar, de analizar, de darle un sentido. Había un poema en dictadura, que ya no sé de quién es, que volaba de boca en boca, clandestino: Un niño le pregunta a su madre, qué es un golpe y ella le dice: es algo que te deja moreteado, y el niño mira por la ventana y ve todo el país morado.

¿Cómo le explicas a un niño, a un joven, a cualquiera que ni siquiera había nacido, lo que significó el golpe de estado de 1973? Si te pones a dar las causas, la persona se aburre, repleta de datos, si haces un listado de hechos, la persona se llena de sucesos, si te pones a enumerar muertos, la persona se llena de cadáveres que no conoció, si le muestras la cantidad de torturados, la persona sólo ve listas o números, mil y tantos, cien, 10, pero no siente en su propia piel esos tormentos. Es un problema de enfoque, es decir de cómo le comunicamos a muchos y muchas chilenas, el dolor humano.

Un golpe es un hecho chocante, algo que te corta de repente tu caminata hacia alguna parte, pero no como te la cortaría un perro que se te cruza y entonces debes parar, no, es un quiebre. Por ejemplo, vas de la mano con tu hijo a comprar el pan y se te escapa y cruza corriendo la calle y pasa una camioneta y lo atropella, te lo atropella, queda tú hijo en la calle, con una flor roja en la boca, con un hilo de sangre que baja por su comisura, y su pequeño cuerpo tirita, como si tuviera un frío indescriptible. Ese es un golpe, un golpe a tu hijo y un golpe a tu corazón, una pena, un horror de mil demonios, que te hace recordar a tu hijo, en esos breves segundos de la agonía, cuando ayer corría libre por el patio de la casa o en el pasaje y al mismo tiempo, te hace actuar rápido, llamar a la ambulancia, llevarlo a la posta, llamar a tu marido, a tu mujer, de la posta ir a la casa a buscar ropa, volver, esperar en una sala verde, lo que hagan los médicos, y tienes miedo y te culpas también porque tu hijo se te escapó de las manos y tienes pena, porque se puede morir y entonces ¿qué vas a hacer, dime, qué vas a hacer sin tu hijo?

Bueno, el golpe de estado de 1973 fue eso y mucho más para millones de chilenos. Despertarse un día temprano en la mañana y ver por la ventana un país húmedo y así sin aviso, mirar ya no al vecino saliendo a trabajar, sino llevado por militares o carabineros, amarrado con alambre, con la cara tapada y no entrar a la micro rumbo al trabajo, sino ser tirado como un animal a un camión militar o a un camión cualquiera, lleno de vecinos arrumbados. Fue, en una tarde cualquiera, ver el río Mapocho o en el sur el Toltén, a los muertos flotando camino al mar, fue para tantos ir en el camión, o ser fusilados en la orilla del mismo río o en el pasaje donde jugaban tus niños. O ser llevados a lugares oscuros donde lo único que escuchaban eran gritos de sus propios hijos o de su mujer.

Fue para Francisco mi amigo, estar jugando en la calle y ver un auto gris con hombres de lentes oscuros, llevarse al papá y a la mamá y verlos gritar sus nombres y ver correr a la abuela tratando de arrebatárselos, fue para Pancho esconderse asustado, bajo las faldas de su abuela. Fue para Panchito, no saber donde buscar para encontrar al papá y a la mamá cuando tenía frío o miedo o hambre o simplemente cuando quería hacer las tareas. Fue para mi amigo Roberto ver como ametrallaban al vecino en la calle, al mismo vecino con quien jugaba a elevar volantines en Septiembre. Fue para el hijo del gitano ver a su papá ser llevado por un helicóptero más allá de las nubes negras de ese maldito septiembre. Fue para Alejandra, no saber donde estaban todos sus hijos, se los llevaron en la noche los carabineros y los encontró 5 años después en un horno de cal, colgando de los pies, amarrados con alambres de púa y con sus caras desfiguradas. Fue para mi amigo Alberto, entrar a la morgue a buscar a su hermano y ver rumas y rumas de cadáveres en los pasillos interiores y tener que taparse la boca y la nariz con un pañuelo, para no respirar la fetidez de los cuerpos descompuestos. Fue para Fernando o Gonzalo estar en un cubo de madera de 2x2 durante semanas, en cuclillas y ser tratados como perros con sarna, durmiendo entre sus excrementos. Fue para Maite ser violada por el torturador, luego por perros amaestrados y luego llenada de ratones su vagina. Fue para Claudio que le cercenaran el pene, de a poco, o para Jesús, que le quebraran las manos y le volaran los dientes. Fue para un actor chileno que estaba en un campo de concentración, que lo fuera a visitar su madre y que ella desapareciera en el interior y nunca más encontrarla. Fue para Gabriela, ver a su padre envuelto en una bandera chilena, ser tirado al otro lado de una embajada y volverlo a encontrar en el exilio 15 años después.

El golpe fue eso, fue la crueldad, fue el horror, fue el miedo, fue el espasmo, fue lo monstruoso, fue lo que nunca creímos que pasaría en nuestro Chilito, sólo lo habíamos visto en las películas de los Nazis y los judíos. O leído en el diario de Ana Frank. Eso fue el golpe. Y con él, la muerte de la historia de un país, que siempre tuvo violencia, pero nunca había experimentado los niveles tremendos de persecución y odio como en ese día y los 17 años que le siguieron. Fue perder a nuestros amigos, a nuestros hermanos, a nuestros hijos, a nuestros padres y madres, fue ya no verlos más, y ni siquiera poderlos enterrar y venerar en un cementerio. Fue ver al Presidente de Chile hecho pedazos, desfigurado por las metrallas, fue ver a los amigos y hermanos con las manos en la nuca en fila, tirados en la calle, a punto de ser aplastados por un tanque, fueron las marchas militares y los bandos y la voz gangosa y marcial de los chacales, gritando extirpar el cáncer marxista, mientras se quemaba La Moneda y la bandera chilena en sus techos.

Fue ver en grandes piras los libros y las revistas que leímos en nuestra niñez y juventud, y esconder los discos de Víctor Jara o los Quilapayun y enterrarlos en el patio, fue dejar de hablar y decir lo que pensábamos, fue andar con cuidado para que, si sobrevivíamos, no delatar nuestra posición no solo política, sino de resistencia interior, a la masacre de los derrotados como nosotros y al delirio de los triunfadores, como ellos.

Si, es cierto, el golpe nos divide, y que bueno que nos divide, porque hechos como ese, porque situaciones de la maldad más grande jamás vista en el Chile del siglo pasado y de toda su historia, no puede unirnos nunca. Hubo víctimas y victimarios, hubo perseguidores y perseguidos, hubo asesinos y asesinados, hubo torturadores y torturados, violadores y violadas, amarradores y amarrados, vendados y quienes nos taparon los ojos, hubo quienes celebraban con champaña la defensa de sus privilegios defendidos por mano ajena, por mano militar, y otros que lloraban escondidos y con miedo la muerte de familiares y amigos.

Hubo niños, jóvenes y viejos, mujeres y hombres conscientes, que siempre supieron lo que pasaba y otros que andan diciendo aún hoy, que jamás se habrían imaginado estas cosas, son los que se hacen los tontos siempre, los que no se comprometen nunca con nada. El golpe nos dividió en ese entonces y nos dividirá siempre, entre quienes creemos en la vida y nos jugamos por ella y vemos la realidad desnuda y entre los asesinos de la vida y sus aliados silenciosos, que se auto engañan siempre, para no asumir sus actos.

Todo lo demás, como dice un amigo, no es más que bailar cueca en enero, es decir, jugarretas del lenguaje para justificar lo injustificable, para tratar de aminorar el tremendo holocausto y genocidio que vivió nuestra patria y nuestros hermanos y hermanas perseguidas, y que nunca debe volver a suceder, nunca más.

La iglesia católica, que defendió al caído en el Chile de ese entonces dice en su doctrina que en cada pobre esta Cristo. Bueno, en cada hermana y hermano asesinado, detenido y desaparecido, torturado, exiliado y preso en las cárceles de la dictadura y en los campos de concentración, en cada casa secreta de tortura, estaba el Cristo vivo, camino a la cruz, y estaba cada judío de las películas, documentales y fotos que vemos hoy y estaba cada palestino masacrado en la Gaza de hoy. No es necesario rasgar vestiduras por los muertos y escarnecidos de otro tiempo y lugar, miremos a nuestro Chile, y lo que pasó y de una vez por todas seamos bien hombrecitos y mujercitas para vivir y educar. El 11 de Septiembre debería ser siempre una fecha en que cada chileno y chilena hiciera, más que una reflexión, actos concretos de reparación de lo vivido.

Yo, por lo menos no olvido y me resulta muy difícil perdonar a quienes nunca han pedido perdón, nunca han llorado sus actos y que se llenan la boca con razones para esconder sus acciones, porque tampoco, que yo sepa, han asumido que hicieron lo que hicieron y muy lejos están de reparar nada.

Mientras caminen por las calles de Chile los asesinos, los torturadores y todos y todas quienes dicen que nunca supieron lo que pasó, o que quieren dejarlo atrás como si no hubiera sucedido o que apoyaron la masacre, yo por la ventana de mí casa, aún veo la calle, el barrio y mi patria querida de siempre, clavada en la cruz y moreteada.

Artículo escrito para el Boletín Cerro Navia Somos todos,
de la comuna de Cerro Navia, Santiago de Chile, septiembre del 2008.