Ando en Alto Cielo

Ando en Alto Cielo
El pago de Chile. Artefacto de Nicanor Parra

2 feb. 2010

La rabia es mi vocación

Fesal Chain

Estamos en el mundo, no cabe ninguna duda, estiro la mano para comprar y vender y quienes me ven, no aquellos que me leen, sino los que observan mis labios pequeños y ojos desmesurados, a veces sienten cierta rabia en mi, yo también la siento, algunos creen ver resentimiento, nada más lejos, nada más lejos.

Lo que me pasa, tiene que ver con la pobreza. Sincera y sencillamente, no huyo de ella. No lo hago,es la austeridad que me regalo y esta actitud desencajada en el mundo en que nos vemos lanzados, es un velo de maldición y de derrota. No quiero un automóvil blanco o rojo enorme, me quedan grandes, a pesar de mi porte de gigante, o una estadía en algún club a orillas de un mar esmeralda y palmas; me queda ese mar y esas hojas al viento como prestadas, a pesar de mi estética inherente.

Cuando contaba de mi cansancio, con el orgullo del trabajo que arduamente me acompaña, algunos vieron pesadumbre o cierto lamento. No era mi intención importunarlos, ni preocuparles demasiado, ni interrumpirles en su viaje, sólo era el enorme cansancio y el orgullo que me hincha el cuello y convierte todas mis camisas en estrechas horcas, imposibles de acompañar con corbatas de seda o de colores.

Pero es cierto lo de mi rabia, rabia que me sale hasta por los poros y me deja la mandíbula apretada. De ver a aquellos que arrastran sus carencias y limitaciones como triciclos de carga, cual medallas de una guerra victoriosa. De ver a esos hombres y mujeres, sino felices, satisfechos de las escuelas sin ideas y de los consultorios sin remedios. Satisfechos de los largos trayectos en buses que parecen túneles del tiempo, de verlos barriendo el mismo polvo que trapearon sus abuelos, esta vez con calles asfaltadas, donde los ratones corren más rápido que antaño.

No quiero una pobreza digna, no la quiero para ellos. Ni menos quiero el acostumbramiento habitual de quien no conoce los grandes almacenes, los campos y rascacielos, mas que como lugares donde se mastica en veinte minutos la servidumbre humana del milenio. No quiero eso. Ni el engaño malicioso y cínico, de quienes hacen que los que trabajan a diario para ellos, se saquen los ojos y se muestren los dientes, por palabras y candidatos que viven bajo el mismo techo, en los mismos privilegios y aperitivos de la terraza que vuela por la tarde.

Pero no quiero la riqueza, ni para mi, ni para ellos, riqueza de perros pitbull o de zapatillas blancas como la nieve, riqueza de alhajas sobre pechos descubiertos y rodeando las muñecas, o de televisores plasma y equipos estereofónicos cubriendo la vieja biblioteca. Riqueza de motocicletas chinas, más carne que esqueleto. Riqueza de implantes y pastillas azules.

Porque si lo digo de otro modo, lo que me pasa, tiene que ver con la riqueza. Sincera y sencillamente, huyo de ella. No quiero un automóvil blanco o rojo enorme, me quedan grandes, a pesar de mi porte de gigante, o una estadía en algún club a orillas de un mar esmeralda y palmas; me queda ese mar y esas hojas al viento como prestadas, a pesar de mi estética inherente.

Y así como me ven y como me leen, recuerdo como tantas veces, como siempre, al viejo Silvio:

Pero si un día me demoro, no te impacientes,
yo volveré más tarde.
Será que a la más profunda alegría
me habrá seguido la rabia ese día:
la rabia simple del hombre silvestre,
(...)la rabia se me ha podrido el cariño,
(...) la rabia hijo zapato de tierra,
(...)la rabia todo tiene su momento,
la rabia el grito se lo lleva el viento,
la rabia el oro sobre la conciencia,
la rabia —coño— paciencia paciencia.

La rabia es mi vocación.