Ando en Alto Cielo

Ando en Alto Cielo
Roberto Matta Echaurren. Munda y desnuda, la libertad contra la opresión. 1988

26 jun. 2009

Vida y pasión



Fesal Chain

Esta noche me puse a mirar una película, en la que el editor en jefe de un periódico le decía al protagonista, un columnista satírico, que se estaba poniendo gruñón, que sus columnas estaban siendo demasiado ácidas y críticas. El le contestaba que las cosas no andaban bien realmente, que se estaban construyendo edificios horribles en barrios residenciales, que la contaminación de las aguas, y que esto y que lo otro. El jefe lo miraba y le decía: anda, tómate unas vacaciones, anda a un lugar tranquilo, que tenga belleza y paz, pero el columnista le retrucaba: vivo en un lugar tranquilo y bello, entonces el Jefe le decía nuevamente: entonces ve a un lugar horrible, sin paz, pero sale, sale...

Antes de ver esa película ya había pensado en ello, mis artículos, mis poemas, mis frases o pensamientos escritos están siendo en extremo críticos y ácidos, para este escritor sin editores o periodista sin medio, nada de la patria es bello. Claro que entre el protagonista de la la película y yo existen grandes diferencias, la primera es que realmente a mis 43 años y durante mucho tiempo, no encontré, a excepción de uno, algún periódico en papel o revista en el cual publicar frecuentemente mis columnas.

En el Chile de los 90 dejaron de existir los medios alternativos que alguna vez ampararon a escritores, poetas y periodistas de oficio que no tenían cabida en la dictadura o que eran decididamente anti sistema. Para qué hablar de las editoriales, las chilenas son muy pocas y no son negocio realmente. Más allá de la calidad de uno, las editoriales nacionales no apuestan a aquello en lo que puedan arriesgar demasiado, en términos comerciales. Menos en poetas o cronistas. Teillier decía que a él como mucho lo leían mil o mil quinientas personas, que las ediciones que sacaba nunca pasaban de ese tiraje y raramente una o dos ediciones.

Pero bueno, es este el país en que nos ha tocado vivir, sin embargo hay otros creadores que tomaron algunas oportunidades, que para mí o para personas como yo, nunca lo fueron, es decir existieron, pero las consideramos en su momento, una traición a nuestras ideas. Y hablo de aquellos que pensaban similar y sin embargo ejercieron en medios que algunos consideramos indignos. Y desde ese espacio pudieron emplazar sin traicionarse, quizás no una literatura y periodismo de combate o de trincheras, pero si ciertas ideas y ciertos guiños que permitieron a los lectores pensar, e ir más allá.

Pero no era de esto, de lo que quería escribir, lo anterior no es más que un contexto. Quería reflexionar sobre lo primero, sobre el mal humor y acaso sobre cierta desazón en mi escritura. Un lector de internet me escribió un mail, en el que me decía que no era el mundo solamente, sino que era yo, yo no era feliz. Me molesté, lo consideré un psicologismo barato y una intromisión. Pero al parecer también soy yo y muchos, los que caemos en la insatisfacción permanente.

La cultura de la izquierda que tomamos libremente, nos ha marcado a sangre y fuego, nos ha hecho a veces personas depresivas y porqué no decirlo un poco amargas. No siempre fue así en la izquierda y con los periodistas y escritores, los poetas también tuvieron excepciones . También había alegría y bohemia. Enrique Lira Massi era un rebelde de tomo y lomo y sin embargo tenía un humor de maravillas, era alegre, al menos lo fue cuando escribió en Puro Chile y su famoso libro La Cueva del Senado y los 45 Senadores, es cuestión de leer el prólogo. Volodia Teitelbom era también un gran humorista de si mismo y de sus amigos, hay una anécdota en ese mismo libro de Lira Massi que lo retrata a carta cabal. Parra o Neruda eran grandes sarcásticos y poseían un humor envidiable

Por que Chile no está como lo queremos, es cierto, pero también y que me perdonen los puristas del materialismo histórico, tiene elementos como país, no sé si más acá o más allá de la lucha de clases, o productos de ella, que lo construyen, tradiciones que parecieran flotar en el viento de cualquier barrio pero que en realidad están encarnadas en los cuerpos y las relaciones sociales y que no tiene nada de malo reconocerlas, para mantenerlas y ampliarlas. Y cuando uno logra detectarlas y considerarlas al menos necesarias, para vida cotidiana de uno mismo y de los otros, deja de tener una mirada amarga y se concilia un tanto, al menos consigo mismo y con algunos otros, que es lo más importante.

No quiero ni necesito hacer un listado, no es por temor a la discusión o al debate, no es necesario, son los artistas, poetas, músicos, pintores los que nos las muestran a cada rato y hacen entre todos y todas una gran red o malla de aquello que nos constituye como patria, aquello que desde nuestra mirada inconformista desde la izquierda más radical, nos es tan difícil reconocer, como lo permanente, los que nos da identidad, anterior acaso a lo ideológico o al ideal de país que queremos.

Probablemente esos elementos y la suma de ellos, no basten para sostener nuestra vida y llenarla de pasión, o para aceptarla en la dimensión de lo tolerable, pero no reconocerlos tampoco basta y acaso no ser capaz de ver ningún elemento identitario de lo que somos y solo observar conflicto y desconstrucción, nos pueda llevar, como al columnista de la película a una mirada permanentemente ácida, extremadamente crítica, al límite de la amargura y de la pérdida del mínimo humor que se requiere, para entre otras cosas, reconocer lo que nos dota de existencia, distinguir lo que nos gusta, para cambiar lo que no nos gusta y construir lo que deseamos.

Y aún más grave, cuando esa mirada se hace totalitaria y nos envuelve completamente, podemos quedar transidos entre la reja del patio y la muralla de la casa, odiando al mundo y en el peor de los casos, volando rabiosos y desesperanzados, en mil pedazos, en alguna calle oscura de la patria.