Ando en Alto Cielo

Ando en Alto Cielo
El pago de Chile. Artefacto de Nicanor Parra

24 nov. 2009

Mi Generación

He escrito suficiente, quizás demasiado de mi generación, las de los `80, aunque al parecer nunca es demasiado. Y escribo y escribo, porque es mi manera de sobrellevar la vida, de como dicen algunos, ponerle el pecho a las balas. Y siempre que lo hago, me cuido mucho de tratar de cumplir con la función de la memoria, no la del protagonismo de una historia que tantas veces no tuve.

Por eso en uno de mis textos sobre Jecar Neghme, comenzaba diciendo que nunca fue mi amigo, pero si mi compañero. O que colaboré acaso con pequeñas tareas y no fui ni mucho menos un combatiente de primera línea. Aunque también a veces pienso, que a lo mejor todos lo fuimos, pero que en esa década del horror, bajo el pinochetismo, no nos dábamos cuenta, que arriesgábamos la piel cotidianamente, aún cuando no fuéramos los dirigentes que fueron Jecar, Toño Román, Maroto, y tantos otros.

Pero debo ser sincero, de la sinceridad que me debo y que les debo a cada momento. Porque no se puede hacer memoria, ni historia, ni escritura alguna, sin la sinceridad mayúscula, que es la que nos interpela en el día a día de la vida, en la calle y en la oscuridad de la pena.Por lo demás poco realmente importa quien fuera o no fuera yo por esos tiempos, puesto que siempre el que escribe es otro y para la visibilidad de otros.

Hoy, cuando supe de la muerte de Toño Román, perdí el control, si así puede decir. Llamé a la municipalidad para saber si efectivamente se velarían sus restos en aquel lugar y antes de preguntar me puse a llorar. Luego llamé a quienes consideré los más cercanos de aquel movimiento rojo y negro, en el que participé durante la década de los `80, como digo, en la medida de mí mismo, puesto que no se puede sino participar más que de ese modo.

Llamé a mis antiguos compañeros para avisarles de su muerte. Pensándolo bien, ellos ya sabrían antes que yo, pero requería con urgencia, vincularme, comunicarme, llorar con aquellos que conocí y que más allá de toda política aún quiero, por lo que de ellos aprendí, por lo que fuimos capaces de hacer y por aquello, que en nuestra marcha más radical, no fuimos capaces también. Con algunos conversé con otros no pude, pero qué importa, no es momento de reyertas, menos en esta hora en que la muerte ha venido a nuestro huerto.

Con la muerte de Toño Román, me acordé de Marco Fuentes, mi amigo de décadas con el que compartí política, trabajo y reflexión, y grité y patalié y lloré maldiciendo a este país y a este orden de mierda, porque de alguna manera ha empujado a mi generación, en la falta del sueño, o en la miseria de un sueño de corto alcance, a la desesperación, a la desesperanza, al individualismo que jamás tuvimos en el pasado, a una cierta desidia del dolor del otro, a una vejestud anticipada.

Porque, citando a Ginsberg, es cierto, más que cierto que "he visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas, histéricas, desnudas,arrastrándose por las calles de los negros al amanecer..." , pero también es cierto y es más que cierto, que he visto a las cabezas de mi generación confundirse y confundirnos en la enorme distancia que hemos construido entre nosotros.

No caeré jamás en la impertinencia de desnudar la vida privada de nadie, puesto que de nada sirve y menos si aquel o aquella ya no está para dar su testimonio. Pero si puedo permitirme decir, que cuando mi amigo Marco cayó en la desesperación y la noche, más allá de la familia, habíamos muy pocos cerca suyo, porque, y por favor, esto no es una interpelación donde yo u otros puedan quedar totalmente eximidos, es el hado de los tiempos, que nos come con su dominio, y nos cerca la voluntad y la conciencia.

Yo no sé si Toño Román estaba demasiado solo o si alguien lo acompañaba en su emoción de sentirse acabado, realmente no lo sé, pero si sé que estamos en un tiempo maldito por los dioses de la vida, en que nos llegan noticias negras como ésta, cual enormes sorpresas, cual emboscadas por la espalda.

Porque hace tiempo que nos damos la espalda y hace mucho tiempo que sólo nos mostramos los dientes. Porque la política nos unió y cual oxímoron y terrible paradoja, también nos dividió y nos enfrentó a tal punto que ya no somos los mismos de ayer,en nuestro espíritu de hermanos y hermanas.

Y a la vez, nos damos la espalda, desde un despedazado modo de vida, en que cada uno en su enervante individualidad, y como mucho, en parcelas y grupúsculos, debemos con sudor y lágrimas, luchar por el pan y por tener o recuperar una voz que se estire con venas hinchadas, más allá de las veredas del barrio, para aullarle a un otro que ya no escucha, que existimos, que somos humanos, que necesitamos estar juntos de nuevo como los hermanos que fuimos, que requerimos desesperadamente las manos del otro, su ternura, su preocupación y su amor .

Yo iré mañana al velatorio de Toño Román, más allá de si fui o no fui su amigo, más allá de si fui más o menos valiente que él u otros, más allá de si los otros que estarán ahí se reconocen entre ellos o me reconocen, iré al velatorio no sólo por lo que fue y representó heroicamente Toño en su lucha contra la dictadura, no sólo porque fue mi compañero, no sólo porque tuvo un lugar en la reconstrucción democrática, sino sobre todo, por lo que representa hoy para cada uno de nosotros, el ser una víctima y un reflejo, entre tantos, entre tantos Toños y Marcos, de esta vida, que como loca y burda carrera de obstáculos, hemos malamente construido para nosotros y para Chile.

Nacimos a la vida para cambiar la vida, y resulta que hoy y muchas veces, es la muerte la que nos hace las jugadas y las fintas, la muerte de una sola güadaña apretada su empañadura por mano ajena o propia, o la muerte lenta del desamparo, del dinero, del poder, de la droga, del hedonismo, y del olvido que alguna vez fuimos más que tristes ciudadanos o padres y madres de familia.

Nunca olvidemos, hermanos y hermanas, compañeros y compañeras,y sobretodo en estos días, cuando se nos van los compañeros de la manera que se fue Toño o Marco, que, como dice el poeta, algunas vez hicimos crecer mil rosas, que fuimos jinetes en un valle de palomas sueltas, que fuimos simplemente el sol.