Ando en Alto Cielo

Ando en Alto Cielo
Roberto Matta Echaurren. Munda y desnuda, la libertad contra la opresión. 1988

2 dic. 2009

Textos para Víctor Jara


Textos para Víctor Jara
Fesal Chain



Octubre del 2006
QUILLÓN Y DE FONDO
MÚSICA INCIDENTAL DE VÍCTOR PARA LA REMOLIENDA

Me levanto en la mañana
De la octava
Abro la ventana
De par en par la ventana
Miro la laguna
Escuchando a Víctor
La música incidental
Para La Remolienda
Los perros juguetean
En la terraza techada,
Cerca del fogón,
Las mujeres bailan y llevan sábanas
Toallas, recogen la ropa húmeda
Los pájaros, chillidos y aleteos
El viento despierta
A las nubes negras de su largo lamento
Yo escucho La Remolienda de Víctor
Me tomo el primer café del día,
Prendo el primer cigarro
De este nuevo día,
Leo la Historia de Chile
De Encina y Castedo,
El tomo de la Independencia
La vida de José Miguel
Escucho nuevamente la música
Los pájaros, chillidos y aleteos
No hace frío
El viento despierta
A las nubes negras de su lamento
Los perros juguetean
En la terraza techada, cerca del fogón
Siento la fuerza
De un Chile secreto y callado
Lo siento en mi piel y en mi alma
Miro hacia los puentes
Hacia los caminos rurales
Las ovejas se amontonan y nos miran
Los árboles nos saludan
Y se levantan de su sueño monumental,
Veo a Víctor caminando con poncho negro
Bailando al trote
Entre cordillera y cordillera
Como un pájaro negro
Con cierta tristeza y desamparo
Y siento la fuerza
De un Chile secreto y callado
Lo siento en mi piel y en mi alma
Y en mi corazón renovado
Una mujer vieja
Me saluda con cariño
Un hombre bueno me abraza
Un joven
Que vuela entre las piedras
Un joven bello se mira
En nuestro espejo,
Y el fogón chisporrotea,
Se enciende fuerte el fuego
Con el color del
Viento y la lluvia de Quillón
Mientras te doy
Un suave y humilde beso
En tu frente herida
Y en tus ojos tristes de niña.



Julio del 2008
VÍCTOR

En el barrio
El viento llena las calles
Formando pequeños remolinos
Que se llevan los papeles viejos
La mujer camina con su hija
De la mano
Y el trabajador pasa en bicicleta.
Acá en el barrio se camina lento
Y cabizbajo
Se camina gris
Y a veces sin sentido
Y el viento hace girar una y otra vez
Las hojas en las veredas de polvo
Remolinos, remolinos
Mientras los perros vagos en jauría
Rompen las bolsas de basura.
Acá en el barrio,
Tú haces falta compañero
Se echa de menos tu fuerza
Y tu voz pausada, campesina
Yo en tanto miro por la ventana
De la casa tibia
Del pan horneándose redondo,
Y siento tu presencia
En el cielo de llovizna
Cubriendo la ciudad amurallada
Y este viento, una y otra vez,
Y otra y otra vez, girando
Remolinos, remolinos
Llevándose lejos los papeles
Y los perros
Y las miradas turbias y el desánimo
El viento, que con su silbido
Me trae tu canción de andamios,
Tu canto proletario
Que sube a las estrellas.


Septiembre del 2008
Carta a Víctor Jara

Querido Víctor:

Siempre te recordamos el 11 de septiembre, tú lo sabes, fue tan violenta tu muerte, llena de tan grandes dolores. Pero, no sé si estarás de acuerdo, Víctor, a mi se me ocurre que deberíamos recordarte además, y sobretodo, el 18 de septiembre. Hoy con mi mujer, te pusimos en el computador, ahora existen los computadores portátiles y en ellos se puede escuchar música, y yo le decía en la cocina, cerquita, muy cerquita del horno donde se estaban haciendo las empanadas, que a mi parecía que tú eras un músico extraordinario, viajaste en tan corto tiempo de las recopilaciones del folklore tradicional al rock, del neo folklore urbano a la música incidental para teatro y también a la música de orquesta. Que no teniai nada que envidiarle a la Violeta.

Y escucharte ahora, este dieciocho en que estamos trabajando, en ese disco precioso, Cantos por Travesura, hace que uno se ría, se divierta, y se alegre, se le alegra el corazón a uno, y en esa cueca al obrero de la construcción, que no se si se conoce tanto, Parando los tijerales, ahí yo me paré no más, me emocioné y salí a la calle, al frente de mi casa, acá en el viejo barrio Mapocho, y me puse a bailar pu Víctor, y coloqué el parlante pa fuera no má, y dale que dale a hacer palmas con la introducción "ahora son tiempos nuevos y andan a nuestro favor, avanza la clase obrera y avanza la construcción" y ahí me convencí, a ti querido Víctor hay que rendirte homenaje todos los 18 de septiembre, cantando esta cueca, la de la contru, así que si me escuchas ahora, dele no más compañero, aquí mismo entre nosotros o en donde se encuentre, "métele fierro viejito de oro, parando los tijerales".


Mayo del 2009
PASEANDO EN UNA TARDE FRÍA, EN EL BARRIO CHILE, CON VÍCTOR


"Voy soñando, voy caminando, voy
en la arena dejo mis huellas, voy
y el mar me las va borrando, voy.
El viento sube a los cerros,
con el viento mis recuerdos,
corriendo al cerro El Aromo
pelota de trapo al cielo,
corriendo vuelvo a la casa,
mi madre siempre cosiendo,
mi padre donde estará."

Víctor Jara, En algún lugar del puerto.

Año de 1980, mi padre cumplía los cuarenta y dos, siete años del golpe, yo catorce años apenas. Cuál sería el regalo, cuál, acostumbrábamos en la familia a regalarnos libros o música, de esos cassettes baratos, recién inaugurados en un Chile que comenzaba a pavonearse en las vidrieras escandalosas de Las Condes.

En pleno barrio alto una casseteria extraña en avenida Apoquindo, fuimos con mi padre, él ya había ido antes, muchísimo antes. Esa tarde conversamos con un hombre muy cálido, un hombre que no pertenecía a esos tiempos de frío y de miradas distantes de la Patria dividida, que tenía infinidad de música en las vidrieras y estanterías. Éramos sus "clientes", sin embargo, con una mirada cómplice al poco rato nos invitó a una pieza más atrás, abrió la puerta y allí sí que había material y tanto, grabaciones de un sello recién salido y otras importadas de países todavía inexistentes para mí.

Me acuerdo de una grabación en especial, "Chile-México Solidaridad", la cara de Allende en la portada, los discursos del Chicho en su gira a México, también de un libro de toda la historia de Los Beatles, en inglés. Y de un pequeño cassette, con la cara de Víctor Jara sonriendo y cantando a la vez, con el fondo de tierra anaranjada.

Me lleve los dos primeros. El libro me lo regaló aquel hombre, no me lo vendió. Lo perdí en la década de los 90, el cassette del Chicho, lo escuche completo, con fonos, con miedo, con un cuidado casi clandestino y había que devolverlo, era peligroso tenerlo en la casa.
El cassette de Víctor quedó allí. Yo volví sólo un par de veces a aquella tienda, la primera para comprar ese cassette que había quedado arrumbado en la pequeña pieza y lo compré, fue el primer regalo que le hice a mi padre con plata ahorrada. La segunda vez fui con un amigo y el local ya no estaba, no había nada, sólo era un espacio vacío. Vacío como me sentí aquella tarde fría, con mis ganas de volver a encontrar a ese hombre.

Yo no sé si era él, pero todo indica que sí: la colección infinita de esa música prohibida, a todas luces traída del extranjero a contramano de aquellos que nos vigilaban día y noche, otra enorme, de música de los 60, 70 y de algunos grupos nuevos de los 80, bajo el sello Alerce. No sé si era ese hombre, que después de adulto comencé a conocer en historias y documentos. Pero creo que todo indica que era él, Ricardo García, que como buen disjockey, me enganchó con los Beatles, lo mejor de la historia de la música moderna y popular, con Allende, lo mejor de la historia de un país que soñaba y marchaba raudo y con Jara, lo mejor de la historia de la música popular chilena de nuestros últimos 40 años.

Ese fue mi primer encuentro con Víctor, de la mano de mi padre y de Ricardo García. El cassette lo llevé a la casa de un amigo como un tesoro muy preciado, para escucharlo primero, a ver si estaba bien grabado. Lo escuchamos entero, varias personas, algunos jóvenes y otros más viejos. Eran sus últimas canciones: Manifiesto; Cuando voy al trabajo: Cuando el turno termina /y la tarde va /estirando su sombras /por el tijeral /y al volver de la obra /discutiendo entre amigos /razonando cuestiones /de este tiempo y destino, o El pimiento: Debes seguir floreciendo/como un incendio. En el lado b, aún existía el lado b, una interpretación, de música instrumental de Víctor, por Cherubito y Dávalos, en guitarra.

Aún recuerdo que por las calles, llevábamos el cassette, en un actitud quizás sobre actuada, escondido en una mochila entremedio de poleras y trapos, en la casa de mi amigo yo le pasé al plástico limpia vidrios para que brillara la portada con la sonrisa de Víctor. Fue en un 12 de octubre de 1980 cuando se lo regalé a mi padre, se lo di con el amor de un hijo que celebraba su cumpleaños y que sin decirlo, reconocía en él a la sufrida generación de Víctor.

A Víctor seguí escuchándolo en la universidad, año 1985, en aquella combativa e incendiaria UCV, la que todos y todas defendíamos como la madre de las Universidades rebeldes, la primera de la Reforma y la primera de la Rebelión. Yo no era yo, era otro y ella que ya no está, me regaló un cassette de Víctor, que aún existe, con su recital en la Universidad Católica de Valparaíso en el año 1971 o 1972. En ese que conversa con los estudiantes, con su voz proleta, campesina y tira tallas. Algo así como "lo que pasa con los pelos largos es que se le enredan cosas, que andan en el aire, o de a poquitito, de a poquitito, vamos llegando" en una directa alusión al proceso de la UP y su defensa de la política del Partido Comunista. O cuando presentó su Plegaria a un Labrador como ganadora del Festival de la UC y se quedó a medio camino de pura humildad y dijo: bueno salió ganadora y ya... Ese cassette estaba todo cortado y arreglado con scotch y en el lado b, todavía habían lados b, la voz de ella, la que ya no está, cantando una canción de Víctor, con su guitarra de siempre, la que llevaba al Campus, cuando andaba con su Tau al pecho.

Seguí escuchando a Víctor en las poblaciones de Santiago, en el glorioso San Miguel por ahí por el 86, en plena etapa de la Asamblea de la Civilidad y cuando los "viejos" de los sindicatos se reunían en la noche, en alguna casa pobre, en el barrio de viento de Ricardo, preparando el gran paro nacional. Cerca, cerquita estaban Las Industrias y Madeco. Ahora el barrio se llama San Joaquín, ya no es el de antes. Ahí escuchaba María, abre tu ventana, Vamos por ancho camino, mientras Ricardo mudaba a su hija y yo lavaba mi ropa, después de varios días de reuniones y de no llegar a la casa.

El 86, el año decisivo me pilló en Avenida Matta, con Víctor de fondo nuevamente: Si tuviera un martillo, golpearía en la mañana, golpearía en la noche, por todo el país, y para ser sincero a pesar de mi voluntad de fierro y de mi aporte en la lucha en los sindicatos, en la calle y en las poblaciones más algunos trabajitos, yo aún un joven de tan sólo 20 años recién cumplidos, andaba entre Tongoy y Los Vilos y le preguntaba al dueño de casa por qué era el año decisivo, por qué esa calcomanía pegada en el baño. Lo supe al otro día cuando en la micro temprano, yendo a la U, escuché en la radio lo del tiranicidio, frustrado pa` más recacha, la Cuesta/creerlo, le puso el pueblo.

En La Florida, Víctor nos acompañó en las marchas del hambre, o en las convivencias en un patio de tierra y asados con leña, con más vino que carne. Ven, ven conmigo ven, vamos por ancho camino, así nos sentíamos, mi generación la que tenía la oportunidad de vengar a nuestros padres, al mío, devastado por la muerte del Presidente, al de mi mujer y sus amigos, sin poder volver a este Chile torrentoso y triste, rumiando con las maletas listas, las empanadas de pino, el chancho en piedra y una cueca porteña.

Pasaron un par de años y cuando cuidaba por las mañanas a mi primera hija, le ponía una canción de Víctor: Gira gira girasol, gira gira como el sol, La Fernanda se reía mucho y miraba el techo con móviles mientras Víctor rondaba la pieza. Luego llegó Elías, al que le gustaban las canciones de protesta: Los estudiantes chilenos y latinoamericanos, se tomaron de las manos mandandirun dirun din. Y ahí, justo en esa parte de la canción, nos tomábamos de la mano la Fernanda y Elías y jugábamos a una ronda triste.

No hace mucho , comencé a escribir un libro sobre Víctor, elegí las canciones que a mi parecer más hablaban de él mismo, de su sinceridad como ser humano, de su soledad, de su tristeza y de los tiempos que le tocó vivir, VÍCTOR /VICTORIA lo había titulado. Eran cerca de 25 poemas. En un accidente informático perdí ese material, quedaron algunos poemas dispersos: el de Quillón que recrea su música incidental para teatro. O aquel titulado Víctor, que habla del Barrio Mapocho, él anduvo cerca, por acá en La Herminda de la Victoria, a partir de esa toma heroica hizo su disco La Población. Me da pena haber perdido ese trabajo, fue casi un año de investigación, incluso había diseñado las portadas con una foto de Víctor salida en un Diario del puerto de Valparaíso. Elegí entre muchas otras: Abre tu ventana, no basta nacer, crecer, amar, para encontrar la felicidad. La luna siempre es muy linda: No creo en nada /sino en el calor de tu mano /con mi mano, por eso quiero gritar: No creo en nada/ sino en el amor/ de los seres humanos. Paloma quiero contarte: Como quitarme del alma/lo que me dejaron negro, / siempre estar vuelto hacia afuera/para cuidarse por dentro.

Y una anécdota, quizás rara, quizás risible, o quizás esperanzadora. En los tiempos en que por mala o buena suerte, vaya uno a saber, vivíamos con mi familia en una Villa Militar en plena Dictadura, y con ese cassette regalado a mi padre en un personal estéreo como se le decía a esos aparatos, iba yo caminando de noche cruzando mi plaza. Me encontré con un vecino, llamémoslo José, hijo de un militar funcionario del régimen, él ahora es militar. Y en un rapto de sinceridad peligrosa, le puse los fonos para que escuchara Manifiesto, José me observó con calma, extrañado, yo nunca había hablado de Víctor ni de mi mirada política, fui siempre en ese barrio, un mudo, pero no un sordo, ni ciego a la barbarie y sus protagonistas, de eso hablaremos más adelante y de los "ilustres" vecinos y sus "humanidades". José no me dijo nada en un principio, sin embargo, se sentó en un pequeño banco de la plaza y murmuró: Ese hombre nunca debió haber muerto, nunca...

Yo ahora tengo cuarenta y dos, y recuerdo en la penumbra de esta pieza no tan distinta a las mismas piezas que he habitado en mi periplo por el barrio largo y angosto llamado Chile, la interpretación de nuestro Víctor de aquella canción escrita por Eduardo Carrasco, "Solo" y con esta canción me acuerdo de él, imaginando sus últimas horas y también nuestras últimas horas como chilenas y chilenos esperanzados y alegres: Con el alba en la mirada /dijiste adiós y te fuiste /y se nublaron mis ojos /sin dejarme ver los tuyos.


Agosto 2009
Notas breves sobre Víctor Jara, el olvido y la memoria.

Vengo llegando del recital del Quilapayún en homenaje a Víctor Jara. La primera parte que correspondía propiamente al homenaje, fue muy triste, muy triste. Me recordó los funerales. Es que al parecer los chilenos y chilenas, quienes lo conocieron y quienes no, pero lo han escuchado ya tantos años, tenemos clavada una espina de metal en el pecho, que no se puede remover, que no se puede sacar. No hemos enterrado a muchos de nuestros muertos, ni a Víctor realmente. Así, de verdad, con misa o acto recordatorio y recorrido al cementerio.

Tengo una anécdota tragicómica al respecto. Para el funeral y homenaje a Allende en la década de los noventa, yo seguí todo el acto con mi cámara fotográfica, de reportero. Me metí en cuanto tumulto y escondrijo, desde las alturas y entre los cuerpos apretados de la muchedumbre esperanzada. Saqué una carga en blanco y negro completa. Me fui al laboratorio y cuando abrí la cámara, no había rollo. Es cierto, fue un garrafal error de aficionado, pero también era un signo.

Escribí años después, un libro entero sobre y desde Víctor, un completo trabajo de investigación biográfico y de su obra poética, para luego a través de sus textos desarrollar mi poesía, un trabajo ínter-textual y una larga paráfrasis. Una tarde, mi computador se echó a perder para siempre, perdí todo el material. No había respaldado el trabajo, otro error enorme, pero también un signo.

Acaso los dos hombres, junto a Miguel Enríquez que desde niño admiré y seguí siempre, fueron Allende y Jara, y a los dos, los perdí dos veces. Continuaron caminando sin pasar a través de mí, cuando más lo quise, cuando lo añoré más. Hoy cuando escuchaba las canciones de Víctor en la voz de sus amigos y al mirar las imágenes, verdaderas gigantografías de su vida, de su amor y sensibilidad profunda, no pude dejar de pensar que estaba en deuda con ellos y conmigo mismo. Pero no una deuda de trabajo, se trata de una deuda mayor.

Escuchando esta noche, una canción escrita por Eduardo Carrasco, apenas supo del asesinato de Víctor, algo me removió, algo me dio sentido. El autor decía que caminamos hacia el olvido. Es cierto, nacemos, nos desarrollamos, declinamos y morimos. Y como simple mortales, después de décadas o siglos, caemos en un olvido irremediable. Quedamos en fotografías o en el recuerdo de algún heredero de nuestros seres queridos.

Pero ellos, estos hombres magníficos de la historia, vencieron al olvido, caminan siempre en dirección contraria a nuestra existencia corriente. Y si bien, les hacemos funerales porque quedaron inconclusos en nosotros mismos y deseamos una y otra vez retenerlos, sobre todo, los llamamos a cada instante, para que continúen habitándonos y llenándonos de memoria, porque nosotros caminamos hacia el olvido.

En mi caso particular que es también el de muchos creadores y hombres y mujeres de la literatura y de todas las artes, pero que es también la interpelación de la energía universal, de la naturaleza y de la especie humana a cada hombre y mujer de este Chile abandonado, vivo la angustia real y compleja de querer caminar hacia Víctor y hacia Allende, de recuperarlos y reencontrarme con ellos, no en el cielo inexistente, sino en la materialidad de sus vivencias, por eso escribo y escribo, para correr rápido hacia ellos, que van a la velocidad del rayo hacia la vida eterna.

Es que ir hacia ellos, es caminar en el sentido contrario al que nos depara el irremediable destino humano, y es cierto, ya no quiero seguir solo y no poder compartir en plenitud mi amor y mi dolor de Chile, quiero reencontrarme en la memoria de todos y cada uno, quiero reencontrarme en la existencia de cualquiera, del vecino y de la mujer que vende especies en la feria del Camino de Loyola, quiero que sepan que existo cuando existen, que existen también cuando yo existo, que sepan que yo los veo más allá de sus mercancías y sonrisas de tienda y que me vean más allá de mi caminata, quiero llenarlos de belleza y que ella o él me abarroten de sus alegrías y penas, como lo hace Víctor siempre con todos nosotros. Pero quiero hacerlo ahora, aquí y que otros y otras lo hagan ahora, aquí, no hay tiempo que perder, para que todos y todas le ganemos al olvido del ser, al abandono irremediable en la soledad del individuo. Que nuestros muertos que viven eternamente y siempre nos sujetan a la vida eterna nos ayuden a construirla al menos un poco en esta tierra.

Cuando aquello pase y caminemos venciendo el olvido o tratemos al menos de hacerlo, y pasará, yo se los digo, entonces Allende y Víctor, y Miguel y todos nuestros desaparecidos y desaparecidas, serán carne y espíritu viviente entre nosotros el cuerpo de todos, y pasearemos todos, los vivos ya no solos y los supuestamente muertos por las calles, comprando en la feria, caminando entre los pasajes del barrio y cantando en nuestras casas, juntos como antaño.


Junio del 2009
TE RECUERDO, AMANDA

Entré al Ojo, así se le decía en esos tiempos, el año 1986 a la Universidad ARCIS, era una casa pequeña en Avenida Pedro de Valdivia, en los "recreos" todos los estudiantes de las carreras, todos juntos, cabían en el patio que era también pequeño.

Habían hijos e hijas de la gente de izquierda más conocida, ya sea de los que habían vuelto del exilio o de aquellos que habían sido asesinados o hechos desaparecer, que en aquellos tiempos aún no era lo mismo. La divisé de lejos, no era bella, pero a mis 18 años, quizás por lo que evocaba su nombre y el de su padre para tantos, yo la encontré hermosa. No deseo ni puedo caer en infidencias, no la conocí realmente, ni siquiera hablé con ella. A lo más nos vimos un par de veces en esas fiestas un tanto dislocadas y oscuras que armábamos entre gallos y medianoche, entre alcohol y yerba, en esas fiestas que olían a depresión y desasosiego, en el Chile de la dictadura. Creíamos, porque no todo era heroísmo, que esa fiestas o nuestras ropas o nuestros movimientos desganados eran una forma más y cotidiana de sacarle la lengua a la tiranía. También habían amigos y amigas que a pesar de su juventud temprana ya tomaban decisiones y comenzaban por historia familiar especialmente, a formar parte de cuestiones más serias y riesgosas.

Ella, muchas veces caminaba sola. Eso me llamaba la atención, no era realmente una mujer de compañías, algo en ella no cuadraba con todos los que habitaban el Ojo. No sé, probablemente se sentía observada más allá de su propia vida. A veces se le criticaba o se decían cuestiones que no iban al caso, paternales, la cosa es que la observaban y de alguna u otra manera al cuidarla y sobre protegerla desde lejos, la juzgaban, demasiado creía yo.

Mi visión de Amanda era tangencial pero intuitiva, una vez caminé hacia ella para conversar y conocerla, y en realidad, ahí me di cuenta de lo que le pasaba. No me atreví a hablarle, yo sé que su compañeros y amigos sí lo hacían, pero para jóvenes como yo, que de alguna manera se sentían "de prestados" en ese mundo de una izquierda más protagonista y visiblemente víctima, era un paso más difícil. Y eso le pasaba, nunca era ella y cuando era, pertenecía a algo mayor que a sí misma, más que a su íntima biografía. Así lo sentí en ese tiempo y le pido disculpas hoy, si me entrometo más de la cuenta, o me sale un perfil psicológico que no deseo.

Ahora con 40 y tantos a cuestas los mismo de ella, siento que estos recuerdos son un poco absurdos y que acaso esconden solamente mi timidez y lo que de lejos sería, acaso un enamoramiento temprano de una compañera de escuela. Su nombre me alejó pero sobretodo mis juveniles temores.

Tiempo después, leí una entrevista a Amanda realizada por Margarita Serrano, donde ella contaba su historia, sus vivencias como hija de Víctor Jara y como simplemente "la Amanda".Y le decía "Yo siempre he sido la feita. Mi hermana era delgadita, delgadita... y yo siempre gordita, rechonchona, de patitas cortas... (Se ríe y se ridiculiza, semi en broma, semi en serio) Ése ha sido mi sufrimiento..."

Y termina en confidencia, casi en un susurro: "Sí, me arranqué. He podido encapsularme un poquito, hacer el jardín, pintar en el taller, comer lo que el Nego trae del mar, vender unas pinturas cuando tengo suerte... Pero no es una vida placentera, porque a uno se le arruga la cara y se forman callos en las manos. Tengo una huerta que después de años de esfuerzo ahora está produciendo... (Es que) en realidad, lo que yo quería era pintar".

Me gustó la entrevista, de alguna manera confirmaba mis intuiciones adolescentes y me alegré, me alegré mucho por Amanda ahora era verdaderamente ella y también sin saberlo en ese entonces, tomaba lo mejor de su padre, su sencillez creativa y su humilde origen, el de la tierra.


Septiembre del 2010
VÍCTOR 2


El niño que fui
se me parece,
se me aparece,
se me parece
y entonces recuerdo,
pero por sobre todas las cosas
y figuras con sombras o sin sombras
reformulo, reescribo, reelaboro,
trato de subirme a hombros de gigantes
así sin más
en andamios que tambalean
y no alcanzan las estrellas,
trato de alzarme en hombros de gigantes
y por culpa de un temblor oscuro
que no sé si viene desde afuera
o desde adentro
tirito al viento de este puerto,
yo no sueño ni camino
no dejo mis huellas en la arena
ni ningún mar me las va borrando,
ni siquiera tengo
una peineta envuelta en papel
para crear sonidos viejos
o amigos con quien conversar
las cuestiones de este tiempo,
y la respuesta frente a tanto vacío
y desazón
sin espíritu ni fuego
es sencilla,
no es nada más ni nada menos
que la falta de tu cuerpo,
la falta de tu voz que jugueteaba
entre seres y elementos,
es simplemente
porque no estás
porque no estás
porque no estás
querido Víctor.


En cursiva, me remito a Manifiesto; En algún lugar del puerto;
El hombre es un creador: Cuando voy al trabajo y Canto por travesura.


Septiembre del 2010
VÍCTOR 3


No debe ser
ya ese grito insoportable
ni aquella proclama repetida,
no debe ser la marcha fatigada
ni el ojo hinchado de costumbres,
no

debe ser tu cancionero
tus letras, tus poemas
uno a uno,
tus obras de teatro y tus montajes,
tu música entera y soberana
popular atravesando cada calle,
y la incidental sinfónica
derrumbando salones
y lámparas de lágrimas,

debe ser
tu ironía y tu ternura
tu estética girando entre los polos,
tus investigaciones y rescates
y tus interminables recorridos
por viejas latitudes y humedales,
debe ser también
tu rock y tu ecuménica mirada
y la profundidad de tu detalle,

eso sí
eso sí debe ser,
por sobre
la estatua que pretenden
erigirte cada noche,
por sobre el muerto que pretenden
construirte por la tarde,

la profundidad de tu detalle
la profundidad de tu detalle,
la distinción que conformaste
a contrapelo de la cómoda arenga
o del espíritu negro
de un tiempo de chacales,

eso sí
eso sí
debe aprender de tí
tu pueblo,
para amarte.