Ando en Alto Cielo

Ando en Alto Cielo
El pago de Chile. Artefacto de Nicanor Parra

29 mar. 2009

La muerte y la vereda



























"El último organito irá de puerta en puerta
hasta encontrar la casa de la vecina muerta
de la vecina aquella que se cansó de amar"
De "El último organito" de Homero Manzi.

La profecía no es una predicción, no pertenece al ámbito de la magia blanca, la profecía es en estricto rigor el mensaje clarividente de los profetas, que anuncian la buena nueva. Juan Bautista se definió a sí mismo como la "voz del que clama en el desierto", es decir el que anunciaba la venida del Mesías,en esos tiempos, el moderno Elías, "Bautista es el Elías" dijo el Cristo.

La clarividencia es una percepción que se caracteriza por captar fenómenos que quedan fuera del alcance de nuestros sentidos. Es una "percepción" extra sensorial acaso más parecida a la intuición, una energía que se apodera de nosotros de manera que se sitúa en la mente-cuerpo y se expresa en el lenguaje hablado o escrito.

Ayer encerrado en esta pieza, sin saber nada de lo que sucedía en el "afuera" escribía sobre la muerte, sobre los muertos, como metáfora de otras cuestiones o fenómenos que atraviesan el cuerpo de la patria y nuestros propios cuerpos. Por la tarde cuando después de un breve sueño, salí a comprar al almacén, la vecina, la anciana, me miró en silencio, yo como cualquier día la miré como se mira sin fijar la vista y la saludé. Ella, la misma que daba de comer a las palomas a la salida de su casa, o que como niña chica nos compraba esos quequitos que hacemos por las tardes, para los estudiantes de la escuela básica. La misma que se cayó, por salir a caminar y que al levantarla le dijo a mi mujer, no lo cuente,no diga nada, que si saben en la casa no me dejaran salir a mirar. Toda la noche escribí sobre la muerte.

Al despertarme en la mañana, la casa de la anciana estaba rodeada de una pequeña muchedumbre callada, con ojos vidriosos, fumando la espera y se escuchaba a lo lejos al hombre del organillo. La vecina había muerto, me acerqué al hijo ya mayor y lo abracé, nunca sé qué decir en estos casos, no podía acompañarlo con un llanto o decirle que la quería como a una madre, para mí sólo era la vecina. Le dije fuerza, no se me ocurrió más que eso. En cambio Graciela, que conversaba con ella y la escuchaba día a día en sus dolores de vieja, desea ir y mirar el entierro desde lejos.

Ya al bajar el sol, llegó la carroza con el féretro y desde el dintel, se ve rodeado de cirios y de velas. Los niños, acaso nietos y bisnietos, corretean por la calle y no entienden mucho del rito y de las penas. Mi gato como nunca, trata de entrar a casa abierta y maulla y se entromete entre la parentela. Ahora que escribo, pienso que acaso esa mujer, la de las migas de pan en la vereda, acariciaba en secreto a mi gato y le contaba historias como a Graciela.