Ando en Alto Cielo

Ando en Alto Cielo
El pago de Chile. Artefacto de Nicanor Parra

4 abr. 2010

El alma rusa, nosotros.



Fesal Chain

Siempre me pareció que el alma rusa tenía mucho que ver con nosotros los chilenos. Es que eramos un pueblo triste que se sabía de este modo. En la tristeza se puede reflexionar. En la algarabía y en una cierta alegría falseada por lo externo, es muy difícil pensar en uno mismo y en los demás. De niño leí muchísimo a los rusos. A Pushkin, a Gogol, a Tolstoi, a Dostoievsky, a Solzhenitsyn.

Hoy en plena Pascua de Resurrección, leo a Tolstoi nuevamente: Ana Karenina. Qué manera tiene el autor de escudriñar la psicología de cada personaje, en el tráfago de la ciudad, de sus relaciones un tanto frívolas, en los bailes o en la formalidad de los encuentros. En las pocas páginas que estoy releyendo, después de muchos años, hay un sinfín de realidades yuxtapuestas y en diálogo: deseo, amor, desamor, pobreza y riqueza, desazón, voluntad casi maniaca, alcoholismo, pero cada una de ellas y todas, finalmente apuntan al permanente cuestionamiento de la existencia.

Leo el siguiente párrafo como un aviso, un advenimiento: "No nos abandonarás, no huirás de ti mismo, seguirás siendo lo que hasta ahora, con tus deudas, tu descontento de ti mismo, tus vanas tentativas de reforma, tus recaídas, tu eterna esperanza de una felicidad que se te escurre y no está hecha para ti".

Hoy, Chile es el paraíso de los maniacos y cocainómanos, es casi un pecado social deambular en la tristeza, todo debe ser voluntad suprema, lucha individual y porfía, quien se deja estar, no es más que un fracasado, un derrotado sobretodo por sí mismo. Quien no tiene dinero vale menos que quien lo obtiene a cualquier precio. Quien piensa y escribe, no es más que un vagabundo de la nada. Si el pianista de cualquier burdel o de la fiesta de los atorrantes y arribistas donde se hacen altares a lo feo de la vida, recibe monedas en su sombrero antiguo, es un trabajador que merece homenajes y abrazos, pero si un escritor solitario, hace bailar sus manos huesudas y arcaicas sobre un teclado abandonado, como si fuese un antiguo piano, no está más que perdiendo su tiempo, dejando de hacer lo que debe hacer para no caer en la miseria.

Sin embargo, a no dudarlo, es la soledad y la tristeza, y la melancolía de un futuro que no llega, lo que nos permite escudriñar en nuestras miserias verdaderas, por eso en nuestra patria, a diferencia de la gran patria literaria rusa, caemos siempre en el mayor de los infiernos: creer que somos lo que no somos, danzando en realidades inventadas, mientras la muerte travestida en fiesta, se enseñorea en las familias, en las amistades, en los gobiernos y en las almas atormentadas.

En tanto los filósofos, los poetas, algunos pintores y los cronistas de la barbarie, parecieran caer como hojas amarillas en un suelo defecado por las bestias, mientras los deformes de la historia, hacen una ronda alrededor del becerro de oro, que pese a los siglos transcurridos, aún continúa edificado sobre el barro de sus hediondas tumbas.