El sabor de la manzana

Fesal Chain

A esos hombres y mujeres del taller literario de CAPREDENA.


Me invitaron a hablar del oficio de escritor y a leer mi poesía a un taller literario de la Caja de Previsión de la Defensa Nacional, en el paseo Bulnes. Tomé la micro en J.J. Pérez y me dejó en Mapocho con San Martín, me bajé, había un viento tropical. Para ser sincero, iba un poco deprimido, las ventas de pan y colaciones han bajado más que las acciones de la Bolsa de Nueva York en plena crisis subprime y más encima ese día me había quedado sin Internet, cuestión altamente angustiante para un escritor que fundamentalmente publica en páginas web.

Iba cabizbajo, me sentía un vagabundo. Entré al metro en plena plaza Santa Ana, donde siempre recuerdo una tarde de hace décadas, en que disfrazado de joven ejecutivo fui a arrendar una oficina para el partido clandestino en el que militaba, en fin. Tomé el metro pensando qué iba a decir realmente en el taller, llevaba un manojito de poemas propios y dos libros, una conversación entre Vargas Llosa y García Márquez y una antología de Pablo Neruda donde explica su visión de la poesía.

Me bajé en el metro Moneda y caminé al paseo Bulnes. En el mismo lugar donde hace algunos años estaba la Llama de la libertad, había un Carabinero, al que me acerqué a preguntarle donde quedaba CAPREDENA, y antes de hacerlo, él se anticipó preguntándome, en qué puedo servirlo con una sonrisa sincera. Algo ha cambiado en Chile, pensé. Me explicó y llegue al edificio, me pidieron el carnet de identidad y no lo llevaba. El poeta que soy se había develado. Olvidadizo, con mis libros en la mano pero sin carnet. Anotaron mi nombre y subí.

En una pieza larga estaban esos hombres y mujeres, esperándome junto a mi amigo Feller, quien dirige el taller. Les conté, en un ataque de sinceridad como me sentía ese día y que sin embargo estaba feliz, puesto que coincidía milagrosamente, al menos para mí , mi ser interior, mi ser real, el de escritor, con mi ser social, es decir me invitaban como el escritor que realmente soy a hablar de literatura, a leer mi trabajo.

Conversamos en un tono coloquial, sobre el significado de la poesía, que el escritor escribe por necesidad, escribe porque no es demasiado bueno en otras cosas, escribe para que lo quieran más, escribe para los lectores, desde un oficio de utilidad pública y escribe para descubrirse y hacer que los demás descubran su ser interior, su núcleo sagrado, ese que les da la espalda en su vivir cotidiano y que acaso es el ser verdadero de cada uno.

Leí mi poesía y en otro ataque de sinceridad, les conté que probablemente la única pelea seria con mi mujer fue cuando me interrumpió muchas veces mi escritura. Que entre otras cosas es como que a uno le interrumpan el hilo conductor de las ideas y su intimidad. Un hombre contó que había quebrado su guitarra, cuando su mujer lo había interpelado a propósito de su oficio, que ya no tocaba la guitarra que ahora tenía la palabra. Yo le conté que mientras no me decidía, a lo largo de los años, a aceptar mi ser escritor, boté muchos poemas y novelas.

Es cierto, no sólo no soy un vagabundo, aunque a veces me sienta así, porque no podemos pagar el teléfono o porque somos pobres con Graciela, tampoco me siento fracasado, todo lo contrario, pago el precio de mi libertad y de mi vocación profunda, como otros pagan el precio de su esclavitud relativa, transando ciertas convicciones a cambio de un bienestar necesario, o mejor dicho, de centrarse solamente en cubrir sus necesidades que a lo mejor yo no cubro de manera tan eficiente.

El mismo hombre me dijo, pero tu no vives de tu poesía, en el sentido de que con ella no compro mercancías y es cierto, pero le contesté con absoluta sinceridad, acaso mi tercer ataque de élla, que yo podía hacer pan, colaciones, trabajar de barman, de administrador de pub o de lo que fuera, porque justamente escribía, sino pudiera escribir o yo mismo me negara este oficio, ningún costo valdría la pena, es decir sí, sí, yo vivo de mi poesía y porque escribo estoy vivo.

Me volvieron a invitar para el próximo jueves, lo bueno de las segundas partes es que uno puede precisar ciertas cosas, recapitular y sobre todo leer lo que uno hace y sentirse hermanado con el resto. En esa tarde junto a dos mujeres y dos hombres, que escuchaban más que atentamente mis reflexiones, volví a sentir alegría, la que había perdido un poco por el tema de las cuentas y las dificultades "naturales" de la vida diaria,volví a sentirme vivo, volví a mirar a mi ser íntimo al blanco de sus ojos.

Cuando salí del edificio a tomarme un café, recordé a Borges en el prólogo a su Obra Poética completa: " El sabor de la manzana (declara Berkeley) está en el contacto de la fruta con el paladar, no en la fruta misma; análogamente (diría yo) la poesía está en el comercio del poema con el lector, no en la serie de símbolos que registran las páginas de un libro".


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